Partitura al revés canicas artículos prensa

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Aquella tarde, en un aula de tercero de enseñanzas elementales del conservatorio, el ambiente era el habitual: instrumentos por el suelo, libros descuidados, así como mezcla de ilusión y sueño atrasado tan propia de los grupos casi nocturnos. En medio del paisanaje destacaba él, un chico oriental —creo recordar que era chino— del que todos hablaban maravillas: “tiene un nivel altísimo”, “toca dos cursos por encima del suyo”, “es un prodigio del violín”, susurraba todo el mundo por los pasillos. Yo, que para entonces ya sabía que los mitos suelen desafinar más que una silla arrastrada, empecé a notar algo raro: cada vez que preguntaba algo al grupo, todos los “normales” respondían inmediatamente. Mientras, la cara del niño chino era un poema… pero como mínimo escrito en chino.
A los 15 días decidí lo que una mente sensata creo que hace cuando sospecha algo raro: un experimento digno de cámara oculta. Coloqué, en el atril del piano, el libro boca abajo, con la solemnidad de quien va para ministro. La primera fila, horrorizada, intentó avisarme del sacrilegio, pero les pedí callar como si fuera parte de un juego de policías y ladrones. Llamé al chico chino al piano y le pedí que entonara la pieza. El milagro se repitió: repetía exactamente lo que yo cantaba una milésima de segundo antes, miraba fijamente el libro invertido… y sus ojos decían claramente que allí podría haber un sudoku o un BOE.
En ese instante quedó desnudo el truco: no tenía herramientas musicales básicas, pero sí una habilidad casi robótica para imitar; le habían enseñado a tocar el violín como a una máquina de repetición y luego le habían vendido que ese virtuosismo técnico le bastaba para ir “dos cursos por delante” en todo. Lo habían colado en un nivel que no le correspondía y la broma, lejos de graciosa, era cruel: estaba totalmente perdido. Tras hablar con su tutor, se derivó al curso adecuado y el episodio selló una convicción inamovible: en educación, la honestidad no es opcional. Engañar a un alumno haciéndole creer que es más —o menos— de lo que realmente es puede dar para una anécdota divertida pero la gracia sin salero, si no se mide bien, puede acabar tratando al alumno a modo de botella de gaseosa. Y ahí sí que no hay lugar sino para una cruel ocurrencia.
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15/12/2025