Carlos Lozano  AÑEJAS SONADAS OLCADES 3
Carlos decidió hace años hacer girar su vida en torno a su voz de barítono

El barítono de Cuenca

Carlos Lozano nace en una fría noche de enero en Cuenca, en la década de los 70, y desde entonces la música cose cada etapa de su vida. Él se define como barítono enamorado del maravilloso arte de cantar, de interpretar, de «ponerme en la piel de personajes, de vidas que nunca viviré realmente», jugando a descifrar siempre ese lenguaje secreto que la música esconde. Fiel a la filosofía y exigencias que custodia la voz, convierte su historia en un relato vivo e inquieto donde arte, memoria y ciudad —¡su ciudad!— se abrazan.

Chapas, chompos y un pastor alemán

Su infancia transcurre en la Cuenca de los 70, ciudad tranquila donde cada plaza se convierte en un estadio de fútbol y el patio de la Aneja en pista de arena para «desencarnizadas carreras de chapas» o batallas de chompos. Las pandillas de amigos, el conservatorio y las actividades al aire libre llenan sus días, esos que casi nunca terminan en casa, marcados por un entorno natural que «inunda la vida de mi gente». Entre esos recuerdos destaca un pastor alemán de sus tíos, compañero de paseos y confesiones infantiles, con quien Carlos comparte sus sueños y fantasías mientras corre por Buendía, localidad donde pasa veranos, «casi en estado salvaje», en comunión con el campo, la imaginación y la música, que ya actúa como musa fiel.

La radio, Semana Santa y un contratenor decisivo

La adolescencia le llega vestida de incienso y polifonía. Los conciertos de la Semana de Música Religiosa conquense se convierten en experiencias casi místicas que refuerzan su fascinación por la Semana Grande, ese tiempo en el que el reloj de Cuenca parece detenerse. Paralelamente descubre la radio y, casi jugando, dirige un programa de clásica —«Solo clásica»— en una radio pirata —Radio ciudad— de gran audiencia, acompañando así el tiempo que sus «oyentes desconocidos dedican a fregar platos o a echarse la siesta». Dos momentos lo empujan definitivamente al canto lírico: un martes de 1988, en la antigua iglesia de San Pablo, cuando escucha al contratenor James Bowman en el Belshazzar de Händel y siente que, «un poderoso hipnotizador me lanzó a los brazos del canto»; y una audición de alumnos, interpretando una romanza de zarzuela, en la que su propósito vital se le revela con tal claridad que abandona la idea inicial de formarse como contratenor, abrazando la clave de fa y descubriendo que en la cuerda de barítono reside con aplomo la marca y seña de su voz.

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En sus primeros contactos con la música, Carlos optó por la guitarra.

El Teatro Real, la mejor cátedra

Antes de entregarse por completo a los escenarios ejerce un breve tiempo como profesor de Guitarra y de secundaria. El gran salto le llega cuando termina sus estudios de Canto y entra en el recién creado coro del Teatro Real de Madrid. Durante una década el coliseo madrileño se convierte en su mejor escuela: aprende cómo funciona la ópera por dentro, conoce oficios, ritmos de producción y hasta la gestión de un gran teatro, mientras combina el trabajo coral con su carrera de solista. Esa mixtura de actividad será decisiva: sin saberlo estará reuniendo las herramientas que más tarde trasladará a su propia ciudad en forma de proyectos operísticos ambiciosos.

Roma, la decisión y el regreso a Cuenca

Cada 10 años, confiesa, la vida le propone un giro vital. Cuando concluye su etapa en el Teatro Real siente que el ciclo se ha cerrado y decide «llevar la música a otra parte». Roma, donde se siente como en casa, se ofrece como refugio y brújula. Pasea sus calles, se impregna de arte e historia y allí cristaliza una idea que ya le acompañará siempre: «Cuenca, ciudad para la música». Imagina un proyecto artístico en su ciudad natal con la ópera como reina y se permite incluso una utopía: ver Cuenca como «alma gemela de Salzburgo», la ciudad de Mozart. Con esa determinación regresa y convierte el eslogan en programa: nace la temporada Cuenca, ciudad de Música y, más adelante, Qnkópera.

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Es en la naturaleza y con su amigo perruno donde Carlos encuentra la verdadera inspiración vital.

Tradición familiar: turrón, resoli y un papel…

La vuelta a casa también le devuelve tradiciones. Recupera la vivencia intensa de la Semana Santa y entra de lleno en la herencia de la confitería familiar Arrazola. Recuerda el turrón de guirlache que su padre preparaba en Navidad y decide intentarlo. Con el mismo instrumental y la memoria como guía vuelve a llenar la casa de ese perfume, sabiendo que «la meticulosidad y la sabiduría del progenitor no será alcanzada nunca por el discípulo». Otro regalo le llega en forma de papel doblado oculto entre las páginas de un libro de su padre: una hoja manoseada, llena de anotaciones, le lega la receta detallada del resoli de la confitería. Lo interpreta como mensaje «del otro lado» y, justo una década después del fallecimiento paterno, se pone a recrear ese licor conquense con cáscara de naranja, especias, café y aguardiente, manteniendo vivo el vínculo con sus raíces y con una confitería que, aunque cerró hace más de medio siglo, sigue en la memoria de la ciudad.

Cuenca, ciudad para la ópera

La naturaleza vuelve a ocupar un lugar central en su día a día. Largas caminatas por las tierras conquenses, acompañado siempre por su «socio perruno», se convierten en experiencias casi místicas de las que brotan ideas y producciones escénicas, mientras la radio regresa ahora en forma de tertulias donde comparte opiniones y visiones culturales. De esa suma de caminos nacen proyectos que ya forman parte de la historia musical de Cuenca: el Orfeón de Cuenca, una escolanía que actúa como escuela y cantera de voces, así como cerca de diez producciones de ópera que han transformado el paisaje cultural de la ciudad, «una ciudad de provincias, idónea y perfecta para la creatividad, que aúna de forma única música, arte, tradición y naturaleza». Su deseo para el futuro es claro: que algún día se pueda decir que, gracias a Qnkópera y a la obstinación de «un loco soñador con la voz y el canto como pasiones», Cuenca, ciudad de la música se convirtió definitivamente en una ciudad para la ópera.

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Carlos decidió hace años hacer girar su vida en torno a su voz de barítono

Carlos Lozano López, barítono conquense, se forma en el conservatorio de Cuenca y se titula como profesor superior de Guitarra, profesor de Canto y licenciado en Música con premio fin de carrera por la Universidad Complutense de Madrid. Se perfecciona con Jane Casselman y Grace Bumbry, al tiempo que asiste a cursos con maestros como Pedro Lavirgen, Teresa Berganza o Raúl Giménez. Ha cantado bajo la dirección de Frühbeck de Burgos, Ros-Marbà, García Navarro, Penderecki, Hogwood o López Cobos. Entre 1999 y 2010 forma parte del Coro del Teatro Real de Madrid, experiencia clave para su trabajo con formaciones corales. Como director crea los Coros Ciudad de Cuenca y la temporada de conciertos Cuenca, ciudad de música, con su orquesta residente. Funda la escuela de ópera y canto QNK.OPERA, con más de una decena de títulos producidos y el programa Los oficios de la ópera. También firma producciones escénicas de Britten, Gluck, Mozart, Donizetti, Rossini y el cuento lírico Isabel, de Moreno Sabio, para el Teatro de la Zarzuela.

LA TRIBUNA DE CUENCA