Carlos Espada Ramos AÑEJAS SONADAS OLCADES 1
Carlos compagina regularmente tareas docentes e interpretativas.

El 11º mandamiento: no molestar 

En la casa de los Espada Ramos, hace décadas los domingos olían a desayuno y sonaban a zarzuela. «En casa, todos los domingos se escuchaba música», recuerda Carlos, mientras las romanzas más conocidas se cuelan aún hoy en su memoria como si siguieran saliendo del viejo tocadiscos familiar. La música no es en él hoy una mera profesión; ha llegado a ser una costumbre cariñosa plagada de colecciones de discos de grandes compositores, trufada con recuerdos de un padre melómano y de un ambiente sencillo donde el arte llegó a colarse sin hacer ruido para acabar marcando destino.

Un teclado ceutí

Desde Ceuta llega a su casa un pequeño teclado eléctrico, casi un juguete, del que pronto brotan melodías conocidas y que abre un mundo nuevo ante los ojos del pequeño Carlos. Es él quien pide a sus padres apuntarse a música, sin que haya tradición musical en casa, aunque sí una afición muy arraigada. Ellos ponen una única condición y es que los estudios no se resientan… ocurriendo justo lo contrario: las calificaciones mejoran al comenzar a estudiar música, como si ese teclado ordenara también su manera de ver el mundo.

El brillo hipnótico de una trompa

La trompa aparece en su vida por casualidad, como una intuición que se adelanta a los planes. Quiere tocar la trompeta, pero en la escuela de música solo le ofrecen «un viejo y destartalado fliscorno» con gomas sujetando los cilindros. Un día llegan instrumentos nuevos para la banda y, entre ellos, una trompa, «tan dorada, tan brillante, con esas hipnóticas curvas que la caracterizan que hizo que me enamorase de ella». No hay alumnos de trompa y le aseguran que es un instrumento similar a la trompeta; Carlos no deja pasar la oportunidad y en ese gesto, aparentemente nimio, empieza una historia de amor musical que hoy continúa.

Aprender a amar un instrumento

En su escuela de música un solo profesor se encarga de toda la familia de viento metal, lo que hace que aún hoy recuerde aquella época de aprendizaje asociada a la soledad. Todo cambia en un curso de verano en Toledo cuando conoce al trompista Miguel Ángel Colmenero, figura decisiva que le enseñará a amar la trompa y le confirmará que su futuro estará ligado a la música. De él conserva una frase que ahora repite a sus alumnos con media sonrisa y mucho doble sentido: «el 11º mandamiento es no molestar», aplicada tanto al respeto sonoro en el ensayo como a la delicadeza en la vida diaria. La pedagogía de Carlos nace ahí, en la convicción de que la técnica solo tiene sentido si está atravesada por el cuidado hacia los demás.

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Los Espada encuentran en Cuenca y en su Semana Santa uno de sus pilares fundamentales de vida.

Vocación, servicio y raíces conquenses

En su etapa de estudiante forma parte de la Orquesta Sinfónica de Estudiantes de la Comunidad de Madrid, donde descubre desde dentro el latido embriagador de una gran agrupación sinfónica y comparte atril con quienes hoy son profesores y músicos en escuelas, conservatorios y orquestas de toda España. Más tarde, convencido de su vocación, pide realizar el servicio militar en un destino que le permita seguir estudiando y llega a la Unidad de Música de la Academia de Infantería de Toledo, combinando formación y experiencia en una banda profesional. Llega a plantearse la carrera militar como músico, pero decide anteponer la finalización de sus estudios, llevándole el camino a otros escenarios.

La primera gran oportunidad profesional lo devuelve a una ciudad muy querida: Cuenca, de la que proviene su familia paterna. En Cuenca, donde pasaba los veranos con sus abuelos y donde de niño asistía a los campamentos de la OJE «para hacer amigos», se convierte en el primer profesor de Trompa del conservatorio, con media jornada y apenas cuatro alumnos. Su vínculo familiar con la capital conquense se mezcla con la tradición de la Semana Santa y con las marchas procesionales que le emocionan porque unen música, familia y memoria a lo largo de generaciones.

Docente, intérprete y artesano del sonido

En la etapa conquense combina docencia e interpretación en numerosas agrupaciones: la Joven Orquesta de Cuenca, la Orquesta Ciudad de Cuenca, la Orquesta Sinfónica de Cuenca o conjuntos de cámara como el dúo con piano Ad Libitum o el quinteto de metales Harem Brass. Después llega Madrid y con ella nuevos conservatorios, nuevas aulas, nuevos proyectos orquestales como el Trío Omnia Metalis o la Orquesta Sinfónica Chamartín. Paralelamente, Carlos apuesta por una formación intelectual sólida: un máster en Estética y Creatividad Musical en la Universidad de Valencia y otro en Investigación Musical en la Universidad Internacional de La Rioja, convencido de que reflexionar sobre la música es otra forma de vivirla.

Su curiosidad lo lleva al mundo de los talleres de luthería. Se forma como luthier de instrumentos de viento metal en cursos homologados por la Universidad Pontificia de Salamanca, dado que considera imprescindible que un intérprete conozca y entienda el instrumento por dentro. Sabe que la capacidad de resolver un problema técnico o mecánico de la trompa no solo es un recurso práctico, sino una manera de ofrecer a sus alumnos un acompañamiento completo donde la interpretación, la pedagogía y la artesanía se dan la mano.

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Carlos compagina regularmente tareas docentes e interpretativas.

La trompa hoy: aula, escenario y camino

Actualmente, Carlos es, en la actualidad, profesor de Trompa y Música de Cámara y colabora con una orquesta en Rivas-Vaciamadrid, donde sigue viviendo el repertorio sinfónico desde el escenario. En el aula vuelca décadas de experiencia y las enseñanzas que lo marcaron: la paciencia, el sentido del humor, la exigencia serena y esa idea de que la música solo florece de verdad cuando se comparte. Cada curso ve cómo nuevos estudiantes descubren en la trompa un instrumento que también puede cambiarles la vida.

Caminos, carreras y brindis

Fuera del conservatorio, su vida se abre a otros paisajes que también hablan de su carácter. Amante de la naturaleza y del aire libre, hace en varias ocasiones el Camino de Santiago, a pie y en bicicleta, y en una de esas travesías termina cantando en un coro en las calles de Compostela. En apenas media hora, las canciones compartidas con los transeúntes les proporcionan lo justo para unas cervezas y un buen pulpo, pero sobre todo una certeza: «La gente puede ser muy agradecida cuando escucha algo que le puede ayudar a construir un bonito recuerdo de un lugar».

En otra etapa descubre tarde, pero con entusiasmo contagioso, el mundo del atletismo popular y llega a preparar y completar varios maratones. La disciplina necesaria para entrenar le confirma que, con método y constancia, casi cualquier reto es alcanzable, una lección que traslada a su trabajo y a su forma de servir a sus alumnos. Y, entre conciertos y clases, cultiva una última afición: el enoturismo, esa mezcla de viajes, paisajes y vino que le permite conocer bodegas y caldos en la geografía hispana, aprendiendo cómo cada tierra cuida su producto del mismo modo que él hace lo propio con el sonido de su trompa.

En la vida de Carlos Espada todo termina convergiendo en un mismo gesto: poner belleza al alcance de los demás, ya sea desde el escenario, en el aula, caminando hacia Santiago o levantando una copa en una bodega remota. La música que empezó sonando en los desayunos de domingo sigue hoy resonando en él en cada minuto que discurre, transformada en vocación, generosidad y una manera muy humana de estar en el mundo.

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Tras una inicial atracción por la trompeta, será la trompa la que marque su futuro.

Carlos Espada Ramos (Aranjuez 1973) inicia sus estudios musicales a los 11 años en la Escuela Municipal de Música de su localidad natal. Prosigue su formación en el conservatorio superior de Madrid, donde se especializa en Trompa con Miguel Ángel Colmenero. Durante estos años forma parte de la Orquesta Sinfónica de Estudiantes de la Comunidad de Madrid, con la que actúa en diversas ciudades españolas y realiza una gira por Dinamarca. Amplía su preparación con cursos de perfeccionamiento junto a Javier Bonet y Rodolfo Epelde, entre otros. Completa su formación con los másteres en Estética y Creatividad Musical, en la Universidad de Valencia, y de Investigación Musical, en la Universidad Internacional de La Rioja. Ha desarrollado labores docentes en el Conservatorio Profesional de Música de Cuenca y en distintos conservatorios de la Comunidad de Madrid. En la actualidad es profesor de Trompa y Música de Cámara en la Escuela-Conservatorio de Música Manuel Rodríguez Sales de Leganés y colabora como intérprete con la Orquesta Sinfónica de Rivas-Vacia Madrid Alma Mahler.

LA TRIBUNA DE CUENCA