El sable que nunca danzó canicas artículos prensa

El sable que nunca danzó canicas artículos prensa
Cuentan, aunque los archivos lo desmienten, que Aram Khachaturian, compositor armenio de la famosa _Danza del sable_, quiso conocer a Salvador Dalí durante una gira por España. La cita, según la versión más repetida, aconteció en un castillo catalán. Khachaturian llegó, esperó largo rato en un salón vacío y, de pronto, sonó su propia música. De repente Dalí apareció, completamente desnudo, cabalgando una escoba como si fuera un caballo, blandiendo un sable y girando por la estancia al ritmo de la pieza. Cuando esta terminó desapareció sin decir ni mu, informando la asistenta al músico de que la audiencia había concluido. La escena, que parece escrita por Buñuel en una tarde muy propia de él, no se apoya en prueba documental alguna. Ni el museo armenio de Khachaturian ni la fundación Dalí han encontrado jamás rastro del encuentro, pero eso no ha impedido que la historia se repita una y otra vez, como si el absurdo tuviera más peso que la verdad.
El éxito del mito no se debe a su veracidad, sino a su eficacia simbólica. Refuerza lo que procede creer: Dalí como genio excéntrico, teatral y desafiante; Khachaturian como músico pasional atrapado en su propio arte. La escena funciona tan especialmente bien que resulta casi una parábola del arte: el creador enfrentado a su obra, junto con el orden y el caos bailando juntos unos minutos… aunque solo sea en la imaginación. Lo curioso es que nadie la inventó por malicia; fue un cuento del ruso Mijaíl Wéller, pero acabó haciéndose presente en biografías, entrevistas y cortometrajes como si fuera real. El arte, una vez más, ganó la partida a la historia.
Ahí reside la lección a aprender. La imaginación colectiva sigue prefiriendo lo espectacular a lo cierto. La sociedad, sobre todo la ignorante, multiplica historias como esta: falsas, seductoras y perfectamente compartibles. En tiempos de inteligencia no natural, imágenes irreales y titulares falsos giran más rápido que un sable. El caso Dalí-Khachaturian recuerda algo esencial: el mito se fabrica más deprisa que la verdad. Puede que ese encuentro nunca existiera, pero simboliza de forma impecable nuestro tiempo: un escenario vacío, unos sones prestados y alguien, en algún sitio, decidido a dar la nota sustentado en la ignorancia colectiva.
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09/02/2026