La choza de Tarzán canicas artículos prensa

Hace años conocí a una amiga muy vinculada a un colegio de esos que presumen de progres, que se venden como entornos que predican diariamente la reinvención de la educación. Ella, al saber de mi pasión por ese mundo, quiso enseñármelo. Antes me advirtió, sonriente, que no me asustara por lo que se decía en internet sobre él pues muchos lo tachaban de secta. Lo dijo en broma, pero su mirada me descolocó. Su hijo, de 9 años, me maravilló por su imaginación. Construía con materiales de desecho auténticas virguerías. Pronto advertí otras señales menos luminosas: apenas veía televisión, nunca usaba ordenador y, pese a su edad, casi no sabía leer ni escribir. Sus libros, elaborados por él mismo a mano, siguiendo la metodología del colegio, eran más un material de museo que una herramienta de aprendizaje.

El colegio, me explicó mi amiga, tenía como referente el amor a la naturaleza. Fue esa idea la que me decidió a ir. De camino, me describió emocionada un árbol que había en la entrada y que estaba coronado por una cabaña. Pensé en la casa de Tarzán, sujeta con cuerdas, al estilo de los infinitos vivacs que hice en mis años en OJE. Me respondió que no recordaba que hubiera ninguna soga. Al llegar comprendí por qué: el árbol, enorme, estaba atravesado por decenas de clavos tan largos como mi antebrazo, anclando tablas, todos hiriendo de muerte a la centenaria planta. Era una imagen tan simbólica como triste: el colegio que predicaba respeto a la naturaleza lo había sacrificado para fabricar un ídolo del propio y manipulado discurso.

Esa contradicción resume la esencia de esos movimientos que visten de pureza y libertad lo que termina siendo una caricatura de ambas cuestiones. En nombre de la autenticidad, privan a los niños de herramientas básicas para moverse hoy en el mundo; los meten en burbujas de un pensamiento supuestamente progresista aislándolos de la sociedad real. Lo más llamativo es que, si el fin último de la educación es socializar y preparar para convivir, esa corriente conseguía —consigue— lo contrario: aislarlos, convertirlos en habitantes de su propia cabaña mirando desde arriba a una sociedad que, llegado el momento de integrarse de lleno en ella, apenas conocen.

LA TRIBUNA DE CUENCA