Llevar mucho (o aparentarlo) canicas artículos prensa

Hay frases que se heredan. Una de las mías me viene de mi madre quien, cuando me veía cansado, solía decirme: «Hijo, tú llevas mucho». Si es que era cierto yo le replicaba, un tanto chuleta, que aún podía con más, que todavía me quedaba mucho por hacer. En su boca, aquella era una frase comprensiva, amorosa, resumen de una actitud maternal que mostraba amor sin límites. Pero con los años he descubierto que aquel «llevar mucho» se ha convertido en un estandarte social, no en una acción empática, sino en un argumento que algunos exhiben, por sí mismos y sin ayuda de sus madres, como si mostrarse agotado fuese un triunfo, un mérito.

Vivimos en la era del cansancio permanente. La gente no trabaja, «lleva muchísimo». Muchos, a decir de ellos mismos, no paran un segundo, no tienen tiempo ni para respirar. Lo dicen —¡fíjense cuando alguien de su entorno les comparta esa sentencia u otra parecida!— con tono solemne, casi eclesial, circunspectos, como si su agenda personal custodiase grandes epopeyas. Lo curioso es que muchos de esos héroes cotidianos, si se rasca un poco, lo que tienen es el almanaque lleno de excusas maquilladas y chorradas que cualquiera puede hacer en el tiempo que él necesita para ir andando a Compostela. Estos súper héroes son capaces de dudar —inicialmente— sobre si aceptar una propuesta para lo que sea alegando una sobrecarga épica… y uno sabe perfectamente que llevan una existencia bastante apacible, incluso anodina, salpicada de pausas eternas, cañas, mensajes y autoelogios que superan con creces a los de sus propias madres. Da la impresión de que, para algunos, estar ocupado es la última muestra de prestigio que les queda, su modo de reclamar relevancia en un mundo que no les escucha ni observa como ellos quisieran.

Cuando oigo eso de «es que tengo muchísimo trabajo» no puedo evitar sonreír. Hace años empecé a contestar a esa plegaria haciendo un guiño a mi madre: «Es que tú llevas mucho». Reconozco que lo digo con ironía, con esa mezcla de ternura y hartazgo que produce ver cómo la vanidad sustituye al esfuerzo real. Porque al final, los que verdaderamente llevan mucho no suelen contarlo; simplemente lo hacen. Estos figuras, sin embargo, se lo cuentan al mundo esperando aplausos y dudando del nivel de trabajo de aquel al que le están llorando.

LA TRIBUNA DE CUENCA