Luciérnagas sin cerebro canicas artículos prensa

He dudado antes de escribir; incluso sobre cómo titular este texto: ¿Me tocó la gorda? ¿Me tocó la china? Hoy cualquier palabra se examina con lupa y no quería que se interpretaran las mías como falta de respeto, acoso sexual o racismo. Y eso que la historia lo pedía a gritos. Ayer, en un concierto, una mujer se sentó a mi lado. Tras apagarse las luces, su móvil se iluminó como un faro. Lo encendía, lo apagaba, lo volvía a encender con cadencia metronómica. Tras varios destellos, le dije bajito: «Por favor, ¿puede apagar el móvil?». Su mirada me crucificó. Cuando marchó al final, comprobé que estaba —digámoslo con tacto—entradita en carnes y además era oriental. De ahí mi elucubración sobre el título, pero como a nuestros gobernantes no les pintan bastos, opté por otro no fuese que pagase yo en un calabozo sus prepotencias y psicopatías.

Lo asombroso es que no parecía ignorante. Iba bien vestida, con apariencia de quien se mueve en entornos cultos. Pero bastó poco para descubrir que era espectadora de escaparate: de esas que aplauden entre movimientos, murmuran simplezas a media voz o graban vídeos para luego presumir. Esa especie prolifera cada vez más en auditorios y teatros, convencida de vivir la cultura cuando solo la consume, como quien entra al retrete en un hotel de 5 estrellas, cada dos años, tras tomar café con una amiga. El respeto al silencio y atención concentrada son, para estos ignorantes, costumbres incomprensibles.

Lo peor suele llegar cuando el que reclama silencio se convierte en agresor; la maleducada queda absuelta por catecismo de lo políticamente correcto y el que se queja, por defender la música, el teatro, la cultura, termina acusado de machista, fascista, racista, nazi… y todo lo que algunas cabezas no especialmente brillantes han procesado hace años para ser escupido a la mínima a quien no piensa como ellos. En estos lares, el problema no es el móvil, sino la falta de valores y respeto del sujeto que lo porta. Al paso que vamos, en programas de mano habrá que advertir: «Este concierto contiene arte que puede herir sensibilidades». Mientras, algunos seguimos resistiendo, con el alma en vilo, ante la invasión de idiotas manifestándose a modo de luciérnagas, pero sin cerebro.

LA TRIBUNA DE CUENCA