roncar en clase canicas artículos prensa

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Hace años, un compañero —un profesor muy majete— me contó una anécdota surrealista. Durante un tiempo había dejado que el padre de una alumna, un gigante con pinta de gorila de discoteca, se sentara en clase para «colaborar» en el estudio de su hija. Todo había ido bien hasta que ella pasó a enseñanzas profesionales de música y cambió de opinión: Nada de padres en el aula, que ya es mayorcita. Pero una tarde lluviosa el tipo pidió quedarse en un rincón para huir del jaleo de la cafetería, llena de charlatanes padres y abuelos. Mi amigo, blando de corazón, accedió. Parece que minutos después el susodicho roncaba como un tractor viejo, recostado, envuelto en su abrigo y con la cara cubierta por su sombrero.
Es ese un flaco favor, muy extendido desde hace años, que hacen algunos profesores a los chicos al buscarles supervisores como si fueran tontos o vagos —bueno, vagos quizá sí, pero por rebote de padres y profesores que los tratan como bebés con atril y metrónomo. ¡Como 14 años de carrera de música son pocos! Cualquiera sabe que, estableciendo adecuados hábitos de estudio, como durante siglos se hizo, da tiempo de sobra para adquirir nivel. Pero con papá anotando cada do fallido es más fácil, ¿verdad? Les montamos —montan— verificadores emocionales que convierten la clase en experiencias de parvulitos y luego, pasados los años, nos quejamos de su nulidad. A este paso, llegará el momento en que, al hacer audiciones, serán los propios padres —incluso los abuelos, especie cada vez más presente en conservatorios y escuelas de música— los que, para que el niño no se ponga nervioso, las ofrezcan mientras el chaval corre por los pasillos.
La implicación sana debe darse desde fuera: animar y ayudar a organizar el esfuerzo, pero dejando que fallen y acierten solos. Mi compañero lo pilló a lo bestia con aquel concierto de ronquidos escrito en una escala no identificable, entre risas contenidas de la alumna, pero también suyas. Aquella tarde de confidencias yo le bromeaba profetizando que quizá la próxima vez el padre fuese con almohada, bocata de chorizo, birra fría y manta eléctrica para «supervisar» más a gusto. ¡Ay! La música es cosa de alumnos y profesores, no un musical de situaciones kafkianas con público inepto.
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23/03/2026