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Hace no mucho volví a Guadalaviar, a ese pueblo de la Sierra de Albarracín que, aunque no me vio crecer, lleva toda mi vida dando vueltas en mí. Esta vez el motivo era especial: recordar en público a mi tío Restituto Navarro, descendiente del lugar y muy presente en mi vida, así como en la de todo aquel que le trató. Fue un acto sencillo, honesto, compartiendo memoria con quienes de verdad entienden el peso de las raíces. Sin embargo, algo mágico marcó mi visita: la energía brutal con la que salí de allí. No hay palabras para describir el afecto, la calidez, la espectacular acogida que recibí de mi familia, de los paisanos, de los amigos, de la organización, de todos los que se acercaron con un abrazo verdadero o una palabra de ánimo.

Confieso que ha sido siempre una especie de carencia silenciosa para mí esa de no poder afirmar, con rotundidad, que tengo un pueblo, que soy de pueblo, de ese lugar muy propio cuyas historias, costumbres y fiestas uno conoce de memoria y vive permanentemente. Pero en Guadalaviar, lugar con el que me unen vínculos de sangre —mi madre nació allí—, encuentro siempre algo que va más allá: una comunidad abierta, generosa, noble, que me permite sentirme en casa, aunque mi paso por él siempre sea fugaz. Esa hospitalidad, esa manera sencilla y emocionante de incluirme, se convirtió esta última vez en una experiencia transformadora. Me resulta inevitable pensarme, desde entonces, diferente; más pleno, más conectado a ese lugar y a esas gentes que elegí y que —¡eso es lo realmente especial!— ese día me eligieron.

Guadalaviar, esta última vez, generó en mí mucho más que recuerdos o nostalgias: fue un impulso de vida. Salí del pueblo cargado de ideas, de proyectos nuevos, sencillos pero llenos de sentido, que quiero compartir en un futuro muy cercano con esas personas que, casi sin saberlo, me han regalado una pertenencia extraordinaria. No hace falta haber nacido en un sitio para querer formar parte de él. A veces basta con recibir su cariño de golpe, dejarse transformar y salir con la promesa de volver, con algo más que brote de uno mismo y que, acogido y mimado entre tus manos, desees compartir con quien quieres y te quiere. Esa es la verdadera ley del cariño y del amor.

LA TRIBUNA DE CUENCA