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Israel F. Martínez Melero es catedrático de Violonchelo del conservatorio superior hispalense.

Israel Fausto Martínez Melero 

(o habitar la música desde el alma)

El violonchelista Israel Fausto Martínez Melero (Cuenca 1977) es uno de esos músicos cuya biografía encierra, entre recuerdos íntimos, viajes mágicos y vivencias campestres, una lección de humanidad. Desde sus primeros pasos en el conservatorio de Cuenca, hasta su presente en Sevilla, su recorrido está marcado por la búsqueda de un sentido profundo en la música y por la convicción de que el arte no se reduce a virtuosismo, sino que también es una forma de vida… y además ¡plena!

Primeras cuerdas

«Mis inicios en el conservatorio de Cuenca fueron producto de unos padres afortunadamente convencidos de todo lo beneficioso que podía traer la música a la existencia humana. En líneas generales, y pese a todo lo que también forma parte de este mundo, llevaban razón».

Los inicios en Cuenca son un escenario entrañable, unas veces cómico y otras exigente. Su profesora de Solfeo, Mª. Carmen Rodríguez, lo orienta hacia el violonchelo, «pero sin duda lo que me convenció fue que la profesora de este instrumento que me presentó en su aula era una belleza canaria con un acento hipnotizante», aunque finalmente otro será su profesor. Aprende con rigor, al tiempo que durante años cargará con la mirada burlona de quienes lo ven cruzar la ciudad con un violonchelo mayor que su propio cuerpo. Pero lo que podría ser un obstáculo pronto se convierte en una afirmación temprana de identidad. Tiene maestros inolvidables, como Francisco González, que lo suspenderá en su primer curso por «empuñar el arco como un bate de béisbol». También amistades de juventud que lo acompañarán en su formación en una —¡su!— ciudad que marcará indeleblemente su visión de la vida. Entre caminatas interminables y veranos de estudio surgirá María de Macedo, la maestra que le dejará el regalo más valioso: la certeza de que la música no se domina; se comprende con paciencia.

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Israel toca en la actualidad un violonchelo Georg Staufer de 1830.

El eco de los maestros

Bloomington supondrá para su vida dar un giro vital. Allí, el joven conquense escucha a János Starker tocar en persona lo mismo que pocos minutos antes suena en su grabación de referencia. Vive aquellos tiempos entre fascinación y asombro, quizás sin ser consciente de la magnitud del privilegio que la vida le ha dado… merced a sus capacidades y tesón, por supuesto. La universidad estadounidense lo pone en contacto con Sebök, Pressler, Gulli o Shkolnikova. En ese cruce de acentos, culturas y metodologías, nace en él la convicción de que el conocimiento nunca se agota y que cada gesto o consejo pueden alterar el rumbo de un músico para siempre. Años después, consciente del poco camino recorrido en comparación con aquel que su inquietud y capacidad le permitirán abordar en el futuro, llega a esa conclusión a la que solamente arriban los verdaderamente sabios: debería formarse más tiempo antes de lanzarse al mundo profesional, porque «los pecados de juventud son, sobre todo, fruto de prisas innecesarias».

El norte interior

Escandinavia trae a su vida un clima inhóspito y un sentimiento de extranjería, pero también una enseñanza inesperada: la importancia de encontrar su propia voz. Allí, entre audiciones fallidas y consejos insólitos, descubre que debe optar a plazas de solista en lugar de conformarse con las pruebas de tutti. Para satisfacción y sorpresa propia gana dos de ellas. En esas orquestas aprende más que nunca sobre convivencia, disciplina y responsabilidad compartida. No obstante, la falta de raíces y la necesidad de sol le susurran cariñosamente que no es aquel su lugar. Sentirse apátrida se convierte en impulso para regresar y buscar un horizonte en España.

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Para Israel, la naturaleza es una fuente permanente de inspiración, paz y encuentro consigo mismo.

Sevilla, hogar adoptivo

Es en Andalucía donde Israel encuentra un refugio vital y profesional. Córdoba lo acoge primero tras superar la oportuna oposición a profesor; Sevilla lo retiene después entre colegas, alumnos e infinidad de proyectos culturales, ya en calidad de catedrático. Allí encuentra espacio para transformar la docencia en vocación y dar vida a iniciativas como el Festival Turina, uno de esos que nutren de música las calles de la ciudad. Al mismo tiempo, nunca pierde la conexión con su tierra natal. Cuenca sigue siendo para él una herida de nostalgia, el lugar donde aprendió a tocar, allá donde permanente y recurrentemente anhela regresar con proyectos que afiancen la música en la vida comunitaria.

Hoy, Israel combina la enseñanza con los escenarios y mantiene en sus palabras algo que lo define: el amor por lo auténtico, la desconfianza ante la fachada vacía y la fidelidad a grabaciones antiguas que transmiten una verdad que no entiende de modas. Con esa sensibilidad, Martínez Melero parece recordarnos sucintamente que el violonchelo es una voz interior más que un instrumento, una manera de habitar el mundo con hondura, paciencia y esa mágica, al tiempo que inalcanzable para muchos, mezcla de fragilidad y firmeza que solo la música puede sugerir, alentar y propiciar.

Israel Fausto Martínez Melero, galardonado con prestigiosos premios nacionales e internacionales, es uno de los violonchelistas españoles de más proyección internacional. Nacido en Cuenca, se forma en Madrid con María Macedo y en la Universidad de Indiana con Janos Starker. Ha recibido asimismo regularmente clases magistrales de artistas como Mtislav Rostropovich, Bernard Greenhouse o Gÿorgy Sëbok. Con 23 años obtiene plaza de solista de la Orquesta Nacional Danesa. Desde 2003 es catedrático de Violonchelo en el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo de Sevilla. Es doctor en Filosofía y toca un violoncello Georg Staufer de 1830.

LA TRIBUNA DE CUENCA