Reclamar sin pudor canicas artículos prensa

De pronto me vi formando parte de un tribunal que debía resolver una reclamación sobre la nota de un TFG. La baja de una compañera me colocó allí como sustituto, sin haber podido estudiar a fondo ni el trabajo ni la reclamación. En mi centro, ese tipo de trámites incluye un encuentro directo entre tribunal y reclamante, debiendo defender este último sus desacuerdos con la calificación. La escena comenzó con normalidad: se le dio la palabra y él manifestó su discrepancia con la nota, alegando sorpresa ante una calificación que consideraba baja. Sin embargo, al revisar el expediente y comprobar que se le había puesto un 7,7, mi desconcierto fue inmediato. No era, en absoluto, un suspenso ni parecía una injusticia. 

Entonces intervino el presidente del tribunal con una claridad poco habitual. Le preguntó directamente qué esperaba conseguir y si era consciente del nivel del documento presentado. El TFG tenía una parte práctica —que le había ido genial y le había ayudado a compensar— y otra escrita. Al ver esta última, apareció un dato demoledor: 215 incorrecciones de todo tipo que el ordenador resaltaba en rojo. Errores de concordancia, ortografía y gramática componían un panorama difícilmente compatible con una nota alta, incluso decente. En ese momento planteé una posibilidad ¿¡lógica!?: que la revisión pudiera no derivar necesariamente en una subida, sino incluso en una bajada de nota. El resto del tribunal estuvo de acuerdo. Inmediatamente el alumno retiró la reclamación.

Lo llamativo no es este caso, que puede considerarse singular, sino lo que revela. El sistema educativo parece haberse convertido en un trigal donde se contemplan percepciones más que se evalúan conocimientos, habiendo alumnos que estiran la cuerda de la lógica al máximo. Pero sería ingenuo cargar toda la responsabilidad en ellos: el profesorado también ha cedido terreno por cansancio, presión o miedo a la indefensión. Y ahí está el problema: cuando quien debe sostener el criterio empieza a dudar o replegarse, en parte por no verse respaldado, el sistema deja de ser justo para volverse complaciente. Y en esa tolerancia, lo que se pierde o gana no es una décima, sino el sentido mismo de la educación.

LA TRIBUNA DE CUENCA