Ella canicas artículos prensa

Hace años que compartimos el día a día. No recuerdo el instante exacto en que nos conocimos, pero desde entonces su presencia se cuela permanentemente en mis decisiones relevantes y cotidianas. Se instaló en mi rutina como una intrusa, conquistándome con su discreción y con esa necesidad mía de poner orden en mí. Es mi primera confidente, la que soporta mis impulsos, contradicciones, excesos, arrebatos, entusiasmo. Conoce mis horas bajas y mis madrugadas exaltadas. Sabe mejor que nadie qué y cuándo deseo algo, con quién veré hechos realidad mis antojos… aunque a veces se empeñe en mostrarme que no se puede todo a la vez. A su lado, diariamente aprendo que no hay nada más erótico que prometerse cosas y verlas cumplidas, algunas incluso a escondidas.

Al principio —lo confieso— hubo otras. Coqueteé con varias a la vez, saltando de unas a otras, como quien prueba distintas aventuras sin querer elegir. Me desvivía por seducirlas a todas, pero ninguna lograba entender del todo mis ritmos, caprichos o fantasías aplazadas. Hasta que llegó ella y me obligó a centrarme: nada de ir picando aquí y allá; «o te entregas o no vengas con medias tintas», me hizo saber. Con ella todo cobró un extraño sentido: se mezclaron compromisos y deseos, deberes y placeres. Desde nuestros comienzos, me empuja a llegar más lejos, a ser más emprendedor, más osado, a modo de bola de nieve que crece cuesta abajo y que no sabe frenar. Me hace sentir poderoso cuando la domino y terriblemente vulnerable cuando, por lo que sea, me supera.

Cuando me falta, me siento inútil, como si me hubiesen arrebatado algo íntimo e inconfesable. Sin su guía, avanzo a tientas e improviso como un amateur que entra en una escena para la que no se ha aprendido el guion. Por eso la cuido, la mimo, la revitalizo periódicamente, como quien se regala una nueva aventura más atrevida que la anterior. Y aunque algunos se escandalizan al ver que le dejo manifestarse sin pudor ante mis quimeras, no pienso renunciar a este idilio. Al final, cuando alguien me ve enfadarme con ella, no puedo evitar sonreír y confesar, entre divertido y orgulloso, que es mi más fiel compañera, la que conoce mis secretos, mis sueños y mis locuras: mi agenda en papel.

LA TRIBUNA DE CUENCA