Mentir, embaucar, engañar canicas artículos prensa

En sí misma, la mentira es un arte menor, un remiendo verbal que busca tapar realidades incómodas usando, la mayoría de las veces, baratijas en lugar de productos de calidad. No exige talento, aunque sí desfachatez y mínima memoria para no contradecirse. Desde la excusa doméstica hasta las coartadas profesionales, mentir es tan viejo como la necesidad de quedar bien sin poseer las cualidades que se quiere que los demás vean en uno. Pero cuando la mentira deja de ser puntual y se convierte en regular, aparecen figuras más refinadas y patéticas dentro de esa fauna.

El mentiroso común miente por conveniencia: dosifica, calcula y, si es hábil, incluso sabe desaparecer a tiempo. En cambio, el embustero patológico no miente: fabula. Este suele sustituir la realidad por una milonga propia con la que siempre piensa que sale mejor parado, que resulta más interesante o directamente que es admirado. No engaña tanto a los demás como a sí mismo, lo cual lo convierte en un personaje entre trágico y ridículo. Por último, está el engañabobos. Este juega en otra liga. No le basta con mentir; necesita público, vive de la exageración, del titular sobredimensionado, de las promesas vacías que, sorprendentemente, siempre encuentran oídos dispuestos a ser escuchadas.

Es en el terreno del engañabobos donde habita la figura complementaria y necesaria: el bobo. Así se genera ese dúo perfectamente sincronizado en el que uno fabrica el engaño y el otro lo consume con devoción y pasión. El engañabobos exagera, simplifica y vende quimeras; a cambio el bobo renuncia a dudar, compra sin preguntar y hasta agradece el engaño al llegarle envuelto en palabras grandilocuentes que ni entiende. Entre ambos sostienen un ecosistema de complacencia: uno prospera porque el otro no exige, y el otro se siente cómodo porque no necesita pensar. En la sociedad actual, el engañabobos quizá no sea brillante, pero sí listo; y los bobos, lejos de escasear, son legión; basta mirarlos a la cara, sin necesidad de oír una sola palabra salida de sus bocas, para advertir su condición y secreta esperanza de que algún mesías, convenientemente impostado, les guíe por ese luminoso sendero que visto, ante sus ojos, les dota de verdad y vida.

LA TRIBUNA DE CUENCA