El eco de las hienas canicas artículos prensa

Las pasadas fiestas, sentado en el teatro viendo el musical El Rey León, me sorprendí atrapado por una sensación extraña. Estaba disfrutando de unas vivencias que me parecía que ya formaban parte de mí, de mi entorno, de mi vida. Cuando las hienas irrumpieron en escena, moviéndose entre risas nerviosas al servicio de un Scar algo brillante en el verbo, pero muy oscuro en propósitos, tuve la impresión de estar rememorando algo. No sabría decir si era un déjà vu o una mera intuición, pero había en aquella historia algo demasiado reconocible. Scar, quien llega en esa historia a ser rey no de manera clara, sino más bien a través de deslealtades y traiciones, no domina con rugidos ni con fuerza, sino con algo mucho más eficaz: la mentira permanente. Una mentira tejida con astucia, envuelta en promesas de cambio, pronunciada con la seguridad de quien se cree el único capaz de salvar el reino de sí mismo.

A medida que la trama avanza y se despliega fui comprendiendo que el engaño no es en El Rey León una simple herramienta para llegar al poder, sino su fundamento mismo. Scar miente al pueblo, miente a sus aliados, miente a su familia y termina creyéndose sus propias mentiras. La sabana entera vive bajo su relato, convencida de que el hambre es un precio justo por la grandeza que se avecina. Las hienas, seducidas por sus palabras, lo aplauden con una risa que suena al principio cómplice; luego nervios, después desesperación. Y el reino, destrozado, inerte, se marchita entre discursos, consignas y sombras. Y entonces llega el momento final. Las hienas, las mismas que ayudaron a Scar a elevarse, lo devoran cuando el espejismo se desmorona. La mentira, que fue su mejor arma, se vuelve contra él con la precisión de un castigo natural. 

Salí del teatro con una sensación extraña, como quien ha disfrutado una historia que le suena peligrosamente actual. Porque hay reinos donde la mentira sigue siendo un método de gobierno, las hienas una fuerza electoral y el sol una promesa que siempre se aplaza para mañana, aunque los ciegos y tuertos dicen verlo incluso a las 2 de la madrugada. Qué musical tan inocente, pensé, y qué fiel reflejo ¿de la realidad?

LA TRIBUNA DE CUENCA