Ismael Martínez Marín AÑEJAS SONADAS OLCADES

De niño en Zafrilla a Maestro en Cuenca
Ismael Martínez Marín AÑEJAS SONADAS OLCADES
Ismael Martínez Marín nace en 1931 en Zafrilla, en la Serranía de Cuenca. Apenas cumple dos años, la familia se instala en la capital, donde empieza a forjarse la leyenda discreta de un músico hecho a sí mismo. Su abuelo le contagia la afición construyéndole guitarras con esparto y madera de encina. Así, el pequeño se enamora para siempre de esas seis maravillosas cuerdas cuando, hacia los seis años, comienza a tocar una vieja guitarra prestada por un amigo de su padre, al tiempo que sus progenitores le mandan de vez en cuando a Madrid para que reciba clases y alimente el talento que en él despunta entre penurias.
Infancia de esfuerzo y guitarra
Huérfano de padre a los 10 años, Ismael se ve obligado a trabajar como lechador —camarero, hoy en día—, en el Bar Nebresco de Carretería, y más tarde como aprendiz de mecánico en el taller de los Hermanos Amigo. Allí pasa el día entre motores y grasa. Al anochecer regresa a casa para entregarse a la guitarra hasta altas horas, siempre arropado por su madre, quien comprende que en sus manos hay mucho más que un simple entretenimiento. En esta época descubre también el acordeón, instrumento de moda que aprende por necesidad económica y que le permite empezar a tocar en fiestas y verbenas de casi todos los pueblos conquenses.
El músico que se examina de su destino
Hay una escena que lo define: en uno de esos pueblos, la Guardia Civil le exige el carné de músico. Al no tenerlo, le amenazan con denunciarlo y él promete que al mes siguiente se presentará a examen en Madrid. Cumple la palabra y no solo obtiene la titulación, sino que lo hace con el número uno, certificando así lo que ya era evidente en cada plaza: que ese joven de mirada seria y manos incansables posee una mezcla rara de intuición, rigor y coraje. Desde entonces, la guitarra y el acordeón dejan de ser solo su refugio íntimo para convertirse en oficio y carta de presentación en una tierra que empieza a reconocerle por su nombre de pila.
La Marimba, “Ismael y sus muchachos” y el sonido de una ciudad
Con la madurez llegan los proyectos propios. Ismael abre en la calle de los Tintes un salón de baile, La Marimba, que pronto se convierte en punto de encuentro obligatorio para bodas, comuniones, bautizos y todo tipo de celebraciones populares. El éxito del local le obliga a formar su propio conjunto —Ismael y sus muchachos—, para animar las veladas con pasodobles, tangos y ritmos de moda. Para ello aprende también la guitarra eléctrica, sin abandonar jamás ni el acordeón ni la guitarra española. Dicha orquesta de músicos conquenses termina asociándose inseparablemente al paisaje sonoro de la provincia hasta el punto de que la mera presencia de Ismael —ya no necesita apellidos— garantiza, allí donde actúa, una mezcla de alegría sencilla y profesionalidad impecable.

Maestro de generaciones y artesano de vocaciones
Al tiempo que actúa, Ismael descubre que enseñar le apasiona tanto como tocar. Primero da clases de Solfeo y Acordeón en su propia casa. Poco después abre una academia en la Plaza de Cánovas desde la que comienzan a salir decenas de educandos que aprenderán a dominar la guitarra y amar la música por encima de la mera técnica. Imparte también docencia en colegios como el de las Josefinas o Santa Teresa, funda la Rondalla Virgen de la Luz y colabora con múltiples grupos de pulso y púa, sembrando la ciudad de rondallas, mayos y villancicos. Muchos de sus antiguos alumnos, posteriormente profesionales de la música o docentes, le recuerdan como padre artístico, exigente y tierno a la vez, capaz de reprender con dureza cuando es procedente, y de irradiar orgullo silencioso cuando ve florecer talento.
Musical Ismael; la casa siempre abierta
Fruto de ese mismo espíritu nace la tienda y academia que, con el tiempo, será conocida como Musical Ismael, lugar donde se mezclan partituras, guitarras, laúdes y conversaciones interminables, al tiempo que actúa como auténtico punto de encuentro de los músicos conquenses de varias generaciones. Allí aconseja al principiante, ayuda al profesional, arregla un instrumento antes de una actuación o prepara viajes a Madrid para examinar a los alumnos en el conservatorio cuando en Cuenca todavía no existe tal posibilidad. Su casa y negocio se convierten en extensión de su vocación. En Navidad organiza rondas y anualmente una comida campestre para celebrar Santa Cecilia. En primavera, las noches mayeras se alargan de balcón en balcón y siempre hay una silla libre para quien llega con una guitarra bajo el brazo y ganas de aprender o de compartir canciones.
El adiós al Maestro
A comienzos de 1998, a los 71 años, Ismael fallece en Cuenca, la ciudad a la que ha entregado su vida y su música. El funeral en la parroquia de la Paz es multitudinario y, meses después, un abarrotado parque de San Julián acoge un emotivo homenaje en el que participan grupos como Voces y Esparto, Caño Gordo y la rondalla de “sus muchachos”, que despiden al maestro cantando el mayo en pleno agosto, como último gesto de gratitud y fiesta compartida. Desde entonces, su legado continúa vivo en sus hijos, en las agrupaciones que ayudó a crear, en la Escuela Municipal de Música y Artes Escénicas, que hoy lleva su nombre, y en esa memoria colectiva de una ciudad que sigue escuchando, cada primavera, el eco de su guitarra.

Ismael Martínez Marín nace en 1931 en Zafrilla (Cuenca) y se cría en la capital, donde compagina trabajos humildes con noches de guitarra y acordeón que lo convierten pronto en uno de los animadores habituales de fiestas y verbenas provinciales. A los 10 años pierde a su padre, pero logra acreditarse como músico en Madrid con el número uno de su promoción. Abre el salón de baile La Marimba y funda el conjunto Ismael y sus muchachos, que marca el sonido de los bailes conquenses de los años 50 y 60.
Paralelamente, impulsa una intensa labor docente en academias y colegios, al tiempo que levanta la tienda–academia Musical Ismael, germen de una saga familiar ya por siempre vinculada a la música. Sus hijos continúan ese legado por caminos complementarios: Ismael M. Barambio, ya fallecido, llegará a ser un reputado guitarrista; Arturo tomará el relevo en el negocio y en la animación de orquestas y verbenas; Maite centrará su vocación en la enseñanza, transmitiendo a nuevas generaciones el amor por la guitarra y la música popular que aprendió en casa; y María del Mar desarrollará su vida profesional lejos de Cuenca. Ismael fallece el 20 de enero de 1998 y la ciudad le despide con funerales y homenajes multitudinarios, mientras su nombre pervive hoy en la Escuela Municipal de Música y Artes Escénicas y en cada ronda de mayos que todavía lleva la huella de sus manos.
Ismael Martínez Marín AÑEJAS SONADAS OLCADES

20/01/2026