memento mori canicas artículos prensa

Seguro que no fui el primer joven insensato que creyó poder burlar a la muerte, pero sí, con certeza, de los más obstinados. Durante años bordeé mi propia arrogancia convencido de que los achaques físicos eran mero atrezzo de una mala película. ¿Mortalidad? Era ese un capricho ajeno reservado a quienes jamás serían capaces de soñar con otros mundos ni con seres con verdadero sentido de la bondad y el valor. Por si acaso, yo demandaba mi escapatoria. Así, si la ciencia y mis creencias me traicionaban, exigía que me enterrasen listo para la huida: en nicho, con los pies cerca de la lápida y, en mi mano, la empuñadura de un bastón con un pincho bien afilado para plantar batalla a favor de mi casi segura eternidad. ¡Las veces que se lo repetí a mi entorno!

Ahora, después de que la vida me ha abofeteado con la contundencia de no pocos cumpleaños, confieso: el verdadero temor no es morir, sino sobrevivir por inercia, encadenado a la rutina, a lo cómodo, al dictado frío de seres mediocres y a las estadísticas. Si la anestesia del hábito decide mi salida —¡sin duda lo decidirá!—, prefiero la herejía de vivir dos días abrasado que un año entero bajo la sombra de la resignación. Comer, sí, todo lo prohibido; amar, sin seguir pidiendo permiso; romper; gritar; equivocarme. ¿Acaso no merezco incendiar mis mapas siendo sabedor de que mi destino será solo mío? 

Y del funeral, ¿qué? Ese espectáculo suele promete amor a muchos que no supieron vivenciar jamás sinceramente ese sustantivo. Ojalá yo pueda, en ese momento, espiar, tras una rendija, armado con mi bastón, para repartir sonrisas y abrazos a los sinceros, desenmascarar a los impostores e hipócritas. Porque la única inmortalidad digna es la incómoda: la memoria irreverente que deja heridas y no flores marchitas ni frases de compromiso. Así que sí; hoy me atrevo a proclamar que deseo que, llegado el momento de mi tránsito, este dé un corte —¿¡limpio!?— a la anestesia colectiva que sea un recordatorio brutal de quien no desafió a la muerte, aunque sí lamentó la brevedad vital, y un día —¡lejano, eh!— traicionó a la vida.

LA TRIBUNA DE CUENCA