Mi hija, un estreno y Mozart canicas artículos prensa

Mi hija, un estreno y Mozart canicas artículos prensa
Aquel día, de hace 30 años, en el monasterio de El Escorial se estrenaba la última obra de un querido, ya desaparecido, amigo compositor. Él siempre encontraba hueco para invitarme a sus estrenos así que, cuando me llamó para ese me sentí nuevamente halagado. Por azares de la vida, mi hija, de cinco años, debía acompañarme. No era el mejor plan para una niña de su edad: música contemporánea, ¿tensión acústica? y un público más atento que entusiasmado. Decidí improvisar una estrategia para sobrevivir: nos pusimos en un lateral, la senté en mis rodillas y convertí la obra en un cuento que yo iba improvisando en tiempo real. Con cada entrada instrumental inventaba personajes, aventuras; susurraba para que solo ella me oyese mientras en la basílica resonaban momentos singulares. El milagro se produjo: permaneció absorta, fascinada por aquella banda sonora de un relato que solo nosotros, ella y yo, conocíamos y que se fue creando durante el tiempo que duró la obra.
Tras el estreno, la sesión continuó con una sinfonía de Mozart. Ya relajado, pensé que por fin descansaría al seguir música amable, reconocible, «melódica», palabreja esta que tanto tranquiliza a los profanos en la materia. Senté a mi hija a mi lado y, con cierta tranquilidad, creí que disfrutaría ya ella sola de la claridad clásica. A los dos minutos escasos de empezar comenzó a removerse y quejarse. «Papá, vámonos; esta es un rollo», susurró con esa sinceridad infantil que no admite réplica. Nada que hacer: el experimento mozartiano duró poco y acabamos saliendo discretamente.
Al terminar, compartí la anécdota con mi amigo. Cuando le conté que mi hija había preferido su obra a la de Mozart, su cara se iluminó con una mezcla de orgullo y asombro. Fue entonces cuando comprendí que el secreto de toda música, sea de cuando sea, no está en la tonalidad ni en el estilo, sino en la capacidad de contar, conmover, despertar el juego interior del oyente. Aquel día aprendí que un niño, con su pureza auditiva e imaginación intacta, es el mejor crítico posible: no juzga por tradición ni por canon, sino por emoción. Sin saberlo, mi hija le dio la razón al compositor: la música solo vive cuando alguien la vive internamente.
Mi hija, un estreno y Mozart canicas artículos prensa

26/01/2026