La jubilación imposible de Pedro Aranaz (ss. XVIII-XIX) AÑEJAS SONADAS OLCADES 1
Firma de Pedro Aranaz y Vides.

La jubilación de Pedro Aranaz y Vides, maestro de capilla de la catedral de Cuenca desde 1769, distará de ser algo parecido a un retiro apacible. Su desvinculación del magisterio abrirá una cadena de decisiones, afectos y penurias que prolongarán su influencia hasta su muerte.

A finales de 1797, Aranaz presenta un memorial conmovedor al cabildo conquense: tras veintinueve años de servicio, sin aumento de salario y con la vista y el oído debilitados, pide un subsidio para acabar sus días en Zaragoza, donde posee un modesto beneficio. El cabildo debate incluso la posibilidad de negarle cualquier ayuda, pero termina concediéndole una pensión de 200 ducados anuales, cargada sobre el salario del futuro maestro de capilla, declarando vacante la plaza. La jubilación de Aranaz nacerá así marcada por un delicado equilibrio entre el reconocimiento institucional y la precariedad económica.

Poco después, el salmista Santiago Pradas pasará a desempeñar interinamente el magisterio dejado por Aranaz con el sueldo que quede tras detraer la pensión del jubilado. La solución es reveladora: la figura del maestro retirado seguirá pesando sobre la estructura salarial del cargo, condicionando la situación de su sucesor. El vínculo entre Aranaz y la catedral no se romperá; solo se reconfigurará.

De Cuenca a Zaragoza y vuelta

Instalado en Zaragoza, Aranaz agradece al cabildo conquense los favores recibidos y le envía una misa «en demostración de su gratitud», con la promesa de remitir otras obras adecuadas a la seriedad del coro. Incluso jubilado y ausente, mantiene un flujo constante de música y afecto hacia Cuenca. Sin embargo, la realidad aragonesa resulta asfixiante: oficia en un templo frío y húmedo, con numerosas obligaciones litúrgicas y el temor de que las reformas sobre los bienes eclesiásticos reduzcan sus rentas a la mitad. En 1799 admite vivir en «continuo afán y trabajo» y suplica al cabildo que lo reciba de nuevo «con el destino que sea», ofreciéndose a ser compositor, enseñar a los infantes de coro o asistir en todo lo que se le mande.

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A su muerte, fue enterrado en el atrio de la iglesia de San Martín, hoy desaparecida.

Un pensionista imprescindible

El cabildo responde con una fórmula prudente e ingeniosa: crea para él el cargo de maestro de estilo o melodía de los infantes de coro del Colegio de San José, conservándole los mismos 200 ducados como retribución. De este modo, Aranaz regresa con plenos derechos, pero sin figurar como maestro de capilla en ejercicio. A partir de 1800 las actas lo mencionan indistintamente como maestro de estilo, maestro de melodía o maestro de capilla jubilado, lo que refleja un estatus híbrido: retirado en teoría; imprescindible en la práctica.

La lectura continuada de las actas catedralicias muestra que el nuevo cargo es un dispositivo jurídico para readmitirlo como verdadera autoridad musical. El cabildo recurre siempre a su cualificado criterio: en el ingreso y expulsión de músicos, en la elección de sustitutos y en cualquier cuestión relativa al funcionamiento de la capilla. Incluso cuando, en 1805, Pradas obtiene por fin el magisterio en propiedad, se fija que no cobrará la totalidad del sueldo hasta que «por cualquier motivo faltase D. Pedro Aranaz». El maestro jubilado sigue controlando, de hecho, la vida musical de la catedral. Esta lectura se fundamenta en la reiterada intervención de Aranaz en decisiones que exceden las funciones docentes del cargo de Maestro de Estilo, tal como recogen las actas capitulares entre 1800 y 1815.

Pedagogo y víctima de la guerra. 

En 1805 Aranaz solicita licencia para viajar a Salamanca y terminar de organizar el nuevo Colegio de Niños de Coro de aquella catedral, fundado según el modelo del Colegio de San José de Cuenca. El cabildo conquense le concede sucesivas prórrogas durante casi un año, tiempo en el que, junto con el rector Francisco Olivares, redacta un tratado denominado «Método del arte de composición». La obra, hoy perdida, testimonia la dimensión pedagógica de su jubilación: lejos de retirarse, exporta su experiencia y cristaliza su pensamiento en forma de método.

Tras su regreso, continúa componiendo para Cuenca y dona seis misas «muy breves» y de «música tan simple y sencilla que nada se pierde de la letra», destinadas a segundas festividades y a calendas. La Guerra de la Independencia y la ruina general trastocan esa actividad: su casa en Cuenca es saqueada por las tropas francesas, su salud se resiente y presenta un memorial en el que se declara empeñado y en «precisas necesidades», pidiendo que se le conceda parte en capilla como a los demás músicos en activo. El cabildo accede y, años después, lo ayuda a sostener a un hermano octogenario y enfermo, también despojado de todo por la guerra.

Última creatividad

En 1819, casi sordo y ciego, Aranaz entrega aún un juego de vísperas, seis salmos a cinco voces y una secuencia de difuntos con instrumentos, que describe como breves, sencillas y «muy sensibles», cuidadosamente pensadas para que no se pierda el texto. Es su última gran muestra de gratitud hacia la catedral que le ha dado trabajo, refugio y, en sus peores momentos, limosna. En 1820 muere a los ochenta años y los libros de fábrica consignan el pago de los 400 ducados que se le adeudan de su salario hasta el 25 de septiembre de ese año. Su jubilación se revela, así, como una etapa de intensa creatividad y dependencia extrema, en la que la frontera entre retiro y servicio permanece siempre borrosa.

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Todo apunta a que en este edificio vivió Pedro Aranaz.

Aranaz y Vides, Pedro (Tudela, Navarra, 2-V-1740 – Cuenca, 24-IX-1820). Compositor y maestro de capilla, fue una figura destacada en el tránsito musical del siglo XVIII al XIX. Infante de coro en Zaragoza, se formó con Luis Serra y, sobre todo, con Francisco Javier García «el Españoleto», con quien intercambió enseñanzas de melodía y fuga. En Madrid cultivó la tonadilla escénica, en ocasiones bajo el seudónimo de «Tudela», contribuyendo a su emancipación como género orquestal y satírico, y escribiendo seguidillas y tiranas para célebres cantantes de los coliseos madrileños. En 1769 obtuvo, tras reñidas oposiciones, el magisterio de capilla de la catedral de Cuenca, donde desarrolló una intensa labor creadora y pedagógica que le valió el sobrenombre de «el Águila de la Música». Sacerdote desde 1773, fue maestro de numerosos organistas y dirigió la formación musical en el Colegio de San José de Infantes de Coro de la catedral de Cuenca. Reclamado por varias catedrales españolas como maestro de capilla y miembro de tribunales de oposición, rehusó abandonar Cuenca, ciudad a la que permaneció estrechamente vinculado hasta su muerte, tras un periodo breve de tiempo pasado en Zaragoza.

LA TRIBUNA DE CUENCA