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Sus miembros en una ventana de la casa donde ensayaban (Foto: Fernando Zóbel)

El eco joven de una Cuenca que despertaba

Durante no poco tiempo, el corazón de Cuenca palpitó fundamentalmente en su Plaza Mayor y, para muchos, también el de su infancia y juventud. Allí se cruzaban la vida diaria, las fiestas y las amistades que parecían destinadas a durar toda la vida. En la Cuenca de mediados de los años 60 del s. XX, todavía pequeña y tranquila, empezaban a colarse nuevos aires: voces en la radio, guitarras con aires modernos y ritmos que venían «de fuera». Fue entonces cuando cuatro muchachos del casco antiguo descubrieron que también ellos podían hacer que sonara una música que les representase. Así nacieron Los Horcades, un grupo que nunca buscó la fama, pero que terminó ocupando un lugar muy especial en la memoria sentimental de la ciudad. 

Su historia arrancó en la Cruzada Eucarística y en su banda de cornetas y tambores, teniendo de consiliario a don Camilo Fernández de Lelis. Así coincidieron Jesús Molina, Andrés Moya, Conrado Ruiz y José Ramón Tena, todos vecinos de la parte alta de la ciudad, acostumbrados a compartir calle y juegos antes que escenario. «Éramos amigos de la Plaza —resume José Ramón— siendo nuestra amistad el verdadero origen del grupo». 

La cripta de los Oblatos

Los primeros ensayos de Los Horcades tuvieron lugar en la cripta de los PP. Oblatos. Pedro Molina, padre de Jesús y carpintero, levantó allí un pequeño escenario para que los chicos pudieran tocar. Los instrumentos eran modestos: dos guitarras españolas, un bombo de segunda mano, un tambor de la banda y un platillo «cuya procedencia nadie fue capaz de identificar jamás». Con esa mezcla de ingenio y entusiasmo nació una improvisada batería, llegando a convertirse esta en el centro físico y emocional del conjunto. 

Ninguno había recibido formación en música moderna. Aprendían escuchando discos, observaban a otros músicos, ensayando hasta que les dolían las manos y sus voces perdían compostura, sorprendiendo siempre a quienes se acercaban a oírlos. Aquellos ensayos no solo servían para preparar canciones: eran un refugio compartido, una pequeña escuela de amistad donde la vida se contaba en tardes de música y bromas. Además, «fuimos los primeros que “amenizamos” las misas de los domingos con baterías e instrumentos electrónicos, acompañados por un coro formado por todos los “trabuqueros”… ¡Y éramos bastantes!», recuerda José Ramón.

Del Trabuco a los escenarios

La llegada del sacerdote don José Antonio Navarro abrió una nueva etapa. Con su apoyo, el grupo se trasladó a la antigua casa del curato, junto a la iglesia de San Pedro, en la Plaza del Trabuco. Aquel recinto se convirtió en su cuartel general. Allí ensayaban, organizaban actuaciones y compartían tardes de conversación y canciones que empezaban a sonar con progresiva seguridad. Y de ahí salió el apodo de «los trabuqueros», nombre que aún hoy preside el grupo de WhatsApp que los mantiene en contacto.

Con ayuda de personas próximas al grupo viajaron a Valencia para comprar una guitarra eléctrica, un bajo y una batería. Para unos jóvenes acostumbrados a sobrevivir con muy poco, entrar en una tienda de instrumentos y elegir aquellos tres fue casi un sueño. Poco a poco comenzaron a parecerse a los conjuntos que admiraban y su lugar de ensayo en San Pedro empezó a llenarse de amigos que subían «¡hasta de las 500!», solo para escucharlos. 

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Los Horcades abrieron camino en Cuenca en fiestas y misas dominicales.

Ruta de Paz

Integrados en Pax Christi, Los Horcades participaron en la Ruta de Paz, actividad que llevaba teatro y música a los pueblos de la provincia. Tras las funciones, ellos ponían el cierre con sus instrumentos, siendo para muchos la primera vez que veían una guitarra eléctrica o escuchaban un conjunto moderno. 

Cuenca como escenario

Además de recorrer pueblos, Los Horcades pusieron banda sonora a la propia Cuenca. Actuaron en las ferias de San Julián y en numerosos actos juveniles, pero quizá las escenas más vivas no fuesen las de los grandes eventos, sino las de los ensayos abiertos en San Pedro y las tardes en la casa donde ensayaban, cuando muchos jóvenes se reunían simplemente porque allí había música y sentían ganas de estar juntos. 

Sin buscarlo, el conjunto acompañó el despertar de una ciudad que empezaba a abrirse a nuevas formas de ocio y de expresión musical. Mientras muchos descubrían aquellos sonidos por la radio, ellos los hacían realidad desde el corazón del casco antiguo, demostrando que también desde Cuenca se podía mirar al futuro con una guitarra en las manos. 

Cuatro amigos, una ilusión

Cada uno aportó algo distinto. Jesús Molina fue el batería intuitivo; Andrés Moya, el bajista silencioso y fiel; Conrado Ruiz la voz excepcional que más tarde se abriría camino en el teatro y la televisión; y José Ramón Tena el guitarrista que después llevaría aquella energía juvenil a las aulas, impulsando agrupaciones musicales en los centros educativos donde ejerció como docente, ubicados en Landete, Vinaceite, Urrea de Gaen, Tarancón, Corral de Almaguer, Villamayor de Santiago y finalmente Cuenca. 

Más que un conjunto, Los Horcades fueron cuatro amigos que crecieron juntos compartiendo miedos, ilusiones y primeros aplausos. De hecho, la música nació de esa amistad y no al contrario. Por eso, décadas después, los recuerdos conservan todavía el brillo de las aventuras que se viven por primera vez cuando uno empieza a descubrir un mundo que se quiere comer antes que permitir que te devore. 

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Siempre gozaron de un especial enraizamiento social.

Un nombre con H y R

Con su nombre quisieron rendir homenaje a los antiguos olcades, pueblo prerromano vinculado a estas tierras, pero como ya existía una asociación con esa denominación, para «evitar líos, decidimos añadir una H y cambiar la L por la R», recuerda Tena. 

Entre los recuerdos conservados ocupa un lugar muy especial una fotografía que les hizo Fernando Zóbel posando en una ventana de San Pedro: los cuatro jóvenes miran a la cámara con una mezcla de orgullo, timidez e ilusión. Hacia 1970, los estudios, el servicio militar y las nuevas responsabilidades fueron alejando poco a poco a sus integrantes. No hubo despedida oficial; la vida simplemente fue marcando caminos. 

El verdadero legado de Los Horcades no se quedó en las guitarras ni en la mítica batería, sino en la amistad que dio origen al grupo y en el recuerdo de quienes subían hasta San Pedro para escucharlos ensayar. 

Los Horcades no cambiaron la historia de la música española, pero sí dejaron una página entrañable en el devenir cultural de Cuenca, espejo de una generación que descubrió la música moderna sin renunciar a sus raíces, su esencia, sus sueños… su vida, en suma.

LA TRIBUNA DE CUENCA