Ruido y hartazgo canicas artículos prensa

Este verano he hecho un experimento: volver a escuchar a quienes hace tiempo aparté de mi rutina informativa, a periodistas y medios que, a mi juicio, carecen de objetividad sabiendo siempre de antemano qué van a opinar sobre cualquier hecho dependiendo del tinte político que lo tiña. Lo he hecho con buena fe, con la esperanza de encontrar matices distintos, grietas de honestidad y profesionalidad entre tanto y tan descarado ruido como hay en ese campo. He alternado cadenas, voces y formatos concediendo otra oportunidad en un ecosistema mediático que, en teoría, debería ayudar a comprender la realidad.

El resultado ha sido, en esencia, patético. Allí donde había datos contrastados —informes técnicos, análisis profesionales, hechos comprobados— me he encontrado con que reaparecían discursos que desviaban, simplificaban o distorsionaban. El «y tú más», la apelación a casos que no venían a cuento, a parentescos de los «contrarios», o la reducción de todo, en casos flagrantes, a un injusto «todos son iguales» han terminado por diluir cualquier posibilidad de pensamiento crítico. Creo que no es cuestión ideológica, sino metodológica. He visto que esos periodistas siguen sustituyendo la explicación por el eslogan, el contexto por levantar sospechas y la inteligencia del pueblo por una tomadura de pelo.

Con el tiempo, se aprende a pasar de largo, como quien evita un escaparate que sabe engañoso. Sin embargo, persiste una incomodidad difícil de eliminar: la sensación de que algunos medios nos tratan como si no fuésemos capaces de entender, de que se cuenta con nuestra pereza intelectual o, peor aún, docilidad. Basta un mínimo de curiosidad —leer informes, contrastar fuentes— para formarse criterios propios que, paradójicamente, son posteriormente retorcidos o trivializados en esos autodenominados imparciales medios. Ahí aparece el cansancio, el hartazgo ante una dinámica que no solo no mejora, sino que agota. No es solo desinformación, es la reiterada impresión de que a uno lo toman, sin disimulos, por tonto. Quizá eso lo sean algunos, pero la mayoría de las personas con una mínima curiosidad, avidez intelectual e inquietud, ni lo son ni se espera que lo lleguen a ser.

LA TRIBUNA DE CUENCA