Alejandro González Romero AÑEJAS SONADAS OLCADES

El violín que se quedó
Alejandro González Romero AÑEJAS SONADAS OLCADES
A los cuatro años, Alejandro González Romero no entendía qué pintaba en su hombro izquierdo aquel trozo de madera; menos aún aquella vara con pelos de caballo que debía coger con la mano derecha. Mientras sus compañeros jugaban tras el colegio, él acudía al conservatorio o se quedaba en casa estudiando. Resumen: al principio, el violín no fue para él una vocación luminosa ni providencial sino una pelea continua. Con el tiempo, sin poderlo prever, todo cambió para terminar siendo su principal forma de vivir, de viajar y de mirar el mundo.
Un padre con mil estrategias
Hubo muchas tardes de tira y afloja. Su padre, paciente, testarudo e imaginativo, ensayaba distracciones y trucos para sentarlo regularmente ante el atril: figuritas y cochecitos de juguete cuando terminaba un estudio, pequeños juegos con las obras o intercambio de horas de violín por videojuegos. «Yo era bastante dramático», admite Alejandro, y entonces sentía una injusticia ver marcharse a los demás niños mientras él tenía por delante escalas y posiciones.
A los 12 años, cuando insistió en abandonar, llegó el pacto: podría dejar el violín si concluía las enseñanzas profesionales. Aceptó porque, por primera vez, tenía una meta clara. Pero entonces empezó a pasar algo. Los conciertos, las orquestas, los concursos de interpretación y su pertenencia durante años a la Escolanía Ciudad de Cuenca fueron cambiando su relación con la música. Así, el violín dejó de ser obligación y empezó a reclamarlo él mismo.
La decisión que cambió todo
En 4º de ESO tuvo que elegir entre bachillerato de ciencias —siempre le habían atraído la biología, la química y la medicina— o artístico, el que le permitiría convalidar asignaturas y dedicar más horas al violín. La disyuntiva podía condicionar su futuro, pero la respuesta llegó con una rotundidad que él mismo no esperaba: «A aquellas alturas, sentí que no podía pasar un día sin pensar en la música». Eligió el artístico y ganó tiempo para aquello que, finalmente, ya quería estudiar: violín.
En esa historia, Cuenca no es un simple punto en el mapa. Está el CEIP Ramón y Cajal, donde comenzó; el CRA Elena Fortún, con sus aulas pequeñas, cursos compartidos y amistades que todavía conserva; el FEC Sagrada Familia; la Escuela de Arte Cruz Novillo y de modo especial su conservatorio de música. Está, sobre todo, el recuerdo de la Escolanía, de cantar y hacer música con otros. Cuenca fue el lugar desde el que años después tuvo que partir, pero sigue siendo la raíz a la que siempre regresa.

De Madrid a Zwolle
En 2019 ingresó en el conservatorio superior de Madrid siendo 2º en las pruebas de acceso. Aquella etapa, sin embargo, se torció pronto; un error burocrático le impidió estudiar con el profesor elegido y recibió la noticia apenas una semana antes de iniciar las clases. Después llegó el confinamiento y, más tarde, una experiencia formativa que prefiere olvidar. Lo que debía ser un gran salto en su vida acabó siendo agotador.
Zaragoza le devolvió la calma. En el Conservatorio Superior de Música de Aragón encontró dos años de aprendizaje fértil, junto a profesores como Manuel Guillén y Aitor Hevia. Tras terminar la carrera y cursar un máster de Pedagogía Musical, dedicó dos años a visitar centros y profesores en España, Francia, Alemania y los Países Bajos. El destino final fue Zwolle, una pequeña ciudad neerlandesa donde hoy cursa 2º de un máster de interpretación con Sarah Kapustin.
Aprender a vivir fuera
Alejandro ha pasado por siete centros de estudios reglados y cinco alojamientos en apenas dos décadas. Esa forma de vida le ha enseñado a recomenzar, aunque no siempre sea fácil adaptarse a un lugar. En los Países Bajos ha comprendido que un país no se conoce durante una semana de vacaciones; se empieza a disfrutar al hacer la compra, recorrer calles ya conocidas, coger un autobús o descubrir costumbres de quienes de allí son.
Allí, le llaman la atención las ventanas sin cortinas de muchas casas, la exquisita educación demostrada en los servicios públicos y esa forma especial de respetar la intimidad ajena sin dejar de ser amable. También conoce la otra cara; el día a día cuesta aproximadamente un 30% más que en España y el alquiler es especialmente complicado. Echa de menos la comida española, aunque aprecia un sistema de ayudas que cubre buena parte de la matrícula, vivienda y seguro sanitario.

Enseñar, tocar, compartir
De niño quería ser científico y disfrutaba con los volcanes de bicarbonato, los experimentos y el microscopio. La música terminó acaparando ese maravilloso espacio de curiosidad. Durante mucho tiempo imaginó su futuro en la enseñanza del violín, y sigue encontrando una satisfacción muy especial en ayudar a compañeros con pasajes rebeldes, ofrecer correcciones o dar clases incluso gratis. «Enseñar y sobre todo ayudar me ha gustado siempre».
Actualmente dirige su mirada también hacia la interpretación orquestal, ámbito difícil y competitivo, pero profundamente grupal. Fuera del estuche están los viajes, el anime, los juegos de mesa y los videojuegos —«Magic: The Gathering, League of Legends, Counter-Strike o Minecraft, son mis frikadas»—, que además le sirven para sentir cerca a amigos repartidos por España. Entre Mozart, Ravel, Chaikovski y Strauss; entre Kreisler, Oistrakh, Perlman o María Dueñas, Alejandro continúa buscando su propio sonido. Y es que aquel niño que inicialmente quiso escapar del violín, un día descubrió que la música le apasionaba.
Una vida que no cabe en una maleta
Aunque ha vivido en residencias, ha cambiado de ciudad varias veces y ahora reside en otro país, mantiene una relación vital con los sitios donde creció. No idealiza el camino ni borra los momentos incómodos: sabe lo que cuesta empezar de cero, adaptarse a clases nuevas o sostener la disciplina cuando el entusiasmo no llega. Quizá por eso valora tanto el cuidado recibido de sus padres y de quienes le han acompañado. Su historia no es la de un prodigio que nunca dudó; es la de alguien que aprendió a querer aquello que primero le pesaba. Esa lección viaja actualmente con él desde Cuenca hasta Zwolle… a pesar de que allí lo de la comida lo lleva regulín: desayuna una tostada con chocolate, se abraza a una frikandel a media mañana y almuerza un sándwich vegetal con sopa de mostaza. Por la noche —¡a las 18:00!—: arroz, verduras y tofu. Una dieta tan neerlandesa que no le pide montar en bicicleta para hacer la digestión.
Alejandro González Romero (2001) inició sus estudios de violín en Cuenca, con su padre, y completó su formación superior en el Conservatorio Superior de Música de Aragón, con Manuel Guillén. Ha colaborado con destacados directores y ha formado parte de diversas jóvenes orquestas, siendo concertino (2020-2022) en la Joven Orquesta de la Comunidad de Madrid (JORCAM). Ganador de varios premios y concursos, actualmente forma parte de la la NJON y la NPhM, al tiempo que cursa un máster en ArtEZ en el Conservatorio de Zwolle con Sarah Kapustin.
Alejandro González Romero AÑEJAS SONADAS OLCADES

08/09/2026