Partitura rebelde canicas artículos prensa

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Aquella tarde, en un concierto que abrigaba grandes esperanzas, un trío interpretaba a uno de aquellos románticos que aún creían en el alma. Violín y _cello_ al frente; detrás, el piano, prácticamente invisible a la mirada de sus compañeros. Lo curioso no era el repertorio, sino los altares erigidos en sus atriles: tres lustrosas tabletas —¿¡_tablets_!?— colocadas como iconos. ¡Ya no había que pasar hojas! ¿Se deslizaban solas? Desaparecido el papel, era de suponer que también lo haría el ruido habitual. Eso debieron pensar. Un dedo —bueno, tres— bastaba para rozar el cristal y avanzar. ¿¡No!?
Todo iba con precisión prusiana… hasta que dejó de hacerlo. En mitad de un pasaje el pianista se paralizó. Bueno, no él, su pantalla. La que correspondía no llegó —¿demasiado ímpetu al buscarla?— sustituyéndose por otra. El tipo intentó recuperarla dando hacia atrás, siguió tocando con una sola mano, abrió menús, cerró imágenes… Mientras, violinista y _cellista_ seguían a lo suyo, ignorando lo que ocurría, como pasajeros que siguen leyendo aunque el avión tiemble. Algunos dudamos. ¿Una _perfomance_? Sin aguantar más, los músicos de cuerda se miraron fugazmente antes de pararse percatados de que parecían estar interpretando música dodecafónica en lugar de schubertiana. Una mirada al apurado pianista precedió a su petición de perdón y al acuerdo de empezar de nuevo. La improvisación previa no había sido suficiente para reconducir el desastre no esperado.
La moraleja fue obvia: tres buenos músicos quedaron secuestrados por una pantalla que no reaccionó a la voluntad descontrolada del pianista. No fue fallo del arte, ni del compositor, ni de… lo fue de fe. Confiaron más en la comodidad de la tecnología que en su propio oficio. Cuando cedes tu memoria, criterio y responsabilidad a un dispositivo no te conviertes en profesional moderno, sino en rehén. Lo más revelador vino después: al terminar el concierto, muchos encendieron su móvil antes de aplaudir para inmortalizar el momento. La verdadera pantalla en negro no fue solo la del pianista, sino la de nuestra memoria colectiva, esa que hace tiempo decidió no custodiar nada que no esté iluminado.
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31/08/2026