La edad de oro del zumbao canicas artículos prensa

Si hoy tuviera que aconsejar una carrera a cualquier joven, sin duda sería Psicología: el negocio está servido y la materia prima se reproduce sola… y además, ¡a qué velocidad! Basta abrir los ojos en una calle, en un supermercado, en el autobús, en un paseo marítimo o en la calle principal de tu pueblo para confirmar el diagnóstico: no es que la humanidad avance; es que se descompensa con una eficacia digna de tesis doctoral. Las facultades de Psicología deberían enviar a esos entornos a sus graduados: encontrarían más información y casos prácticos que libros en la biblioteca del congreso de los EE. UU.

Si nos ceñimos al universo del móvil, actual reserva natural de la estupidez y el disparate, la fauna justificaría cientos de TFG, como mínimo. Está el gritón telefónico, convencido de que subirse a un autobús le otorga licencia de radiodifusión; retransmite la bronca con el compañero de cañas, la avería del coche o el estado de sus hemorroides con la delicadeza de una sirena antiaérea. Tenemos al iluminado de la videollamada —o de la conversación a distancia—, ese que sostiene el aparato a dos palmos de la cara como quien consulta un oráculo y condena al resto a escuchar a dos desconocidos berreando desde extremos opuestos del planeta. No falta el apóstol del selfi: brazo al cielo, mirada de besugo y giro de contorsionista, convencido de que una estatua, un chiringuito o un anuncio luminoso no existen hasta que su careto se clava delante.

La cumbre de las majaderías llega en las comidas sociales. Un abuelo —o una abuela, que la igualdad también ha conquistado estas simplezas— saca el móvil y secuestra a toda la mesa con 200 fotos del nieto, del perro, de los tomates del huerto o de la reforma de la terraza. Los demás se miran y miran, elogian y fingen entusiasmo para no parecer desalmados ni sentirse señalados. El móvil no inventó al zumbado, pero le ha dado micrófono, cámara, espejo y público cautivo. Antes, los sonados se limitaban a serlo en silencio y soledad; ahora retransmiten su trastorno con una eficiencia admirable. ¡Que amplíen plazas en Psicología! Aun así no habrá profesionales suficientes para atender lo que ya tenemos encima… y ¡lo que nos viene!

LA TRIBUNA DE CUENCA