Pepe Llopis AÑEJAS SONADAS OLCADES 2
Ensayo Certamen de Valencia (2023).

La ciudad que le hizo elegir

José García Llopis —Pepe Llopis— llegó a Cuenca con un clarinete, una plaza recién ganada y pocas —por no decir ninguna— certezas. La primera noche durmió —al menos lo intentó— en una buhardilla de hostal sin calefacción, estando la ciudad a varios grados bajo cero. «Echaba el aire por la boca y era como si estuviese fumando uno de los mejores puros habanos», recuerda. 36 años después, aquel músico valenciano, que tiritó en aquel gélido altillo, habla de Cuenca como quien lo hace de su propia casa.

Dos amigos y un uniforme

La música no entró en su vida por una tradición familiar; lo hizo por amistad. Dos amigos de su infancia se apuntaron a la Sociedad Musical Instructiva Santa Cecilia de Cullera. Pepe los veía acudir a los conciertos de invierno con uniforme, gorra e instrumento. Sus amigas reparaban, naturalmente, en que iban «bien guapos». Por unas cosas u otras, él quiso seguir esos pasos y empezó a sentir la llamada de aquella música que llenaba los domingos de nuevas sensaciones. Pronto, las madres de aquellos compañeros convencieron a la suya. 

Antonio Chornet, su profesor de EGB y hermano de la profesora de Lenguaje Musical de la banda, terminó de animarlo. Quiso tocar el fliscorno, fascinado por el sonido que produce en el Himno de Valencia del maestro Serrano, pero dado que todos estaban cubiertos, Luis San Jaime Meseguer, director de la banda, le asignó un clarinete. Al llegar a casa lloró. Su padre le dijo que lo devolviera; su madre le pidió que aguardara un año. ¿Resultado? En dos años había adelantado a un amigo que llevaba uno más que él estudiándolo.

La música contra el autoservicio

En Cullera, la música convivía con el trabajo duro. Su familia tenía un autoservicio grande y, en verano, Pepe se levantaba a las seis para ir al mercado de abastos de Valencia, cargar fruta y verdura, a fin de regresar antes de las ocho. Después venían la tienda, los clientes, las jornadas hasta las 11 de la noche y, algunas mañanas, los naranjos y los huertos.

Su padre quería dejarle el negocio; él quería el clarinete. Máximo Muñoz, su maestro en Madrid, habló con aquel padre obstinado para explicarle que el muchacho tenía condiciones. Muñoz fue, además, una presencia decisiva: veraneaba en Cullera, odiaba la playa y se refugiaba de ella dándole clase a Pepito —aún lo conocen en su pueblo—, siendo tratado por Lilí, esposa de Muñoz y conocedora de que el joven hacía que el verano fuese más llevadero para su marido, casi como a un hijo.

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Audición de alumnos (2019).

Una carrera a contracorriente

Pepe se formó en Cullera, Valencia y Madrid. Terminó los estudios superiores con Juan Vercher y estudió después con Máximo Muñoz. También fue músico en activo durante dos años en la Banda de Infantería de Marina de Madrid. Intentó ascender a sargento músico, pero no superó la prueba y, cuando le animaron a intentarlo de nuevo, la escoliosis le cerró el paso definitivamente.

Luego llegaron oposiciones a orquestas de Pamplona, Valladolid o Sevilla. Siempre quedaba cerca: 2º o 3º; pero nunca dentro. Hasta que Máximo Muñoz le avisó de una plaza en Cuenca. En el tribunal estaba Aurelio Fernández-Cabrera, director en aquellos momentos de la Banda Municipal de Música y de la Academia Municipal de Música. Tras escucharlo tocar y comprobar que podía enseñar a alumnos de saxofón, clarinete, oboe y flauta… Pepe se alzó con la plaza.

El frío y la bienvenida

La llamada le exigía incorporarse al día siguiente, casi sin tiempo para preparar una pequeña bolsa de viaje en condiciones. Una vez en tierras conquenses, en el primer ensayo le asignaron varios solos. Después apareció el problema más urgente: dónde pasar la noche. Un músico de la banda le llevó a un hostal; no había cuartos libres, solo una buhardilla que no solían alquilar… pero como en algún sitio tenía que dormir, allí se quedó.

Aquella fue su entrada en Cuenca: una cama helada, una ciudad desconocida y el frío pegado al cuerpo. Pero la ciudad no tardó en mostrarle su otra cara. Años después, cuando Pepe y su compañero Ángel Pallas recibieron la noticia de que no renovarían sus contratos, los padres de sus alumnos se movilizaron. Fueron a hablar con el alcalde, José Manuel Martínez Cenzano; no se trataba solo la defensa de dos profesores: era el reconocimiento de quienes ya sentían que la música de sus hijos dependía de personas con nombres propios.

Elegir quedarse

Máximo Muñoz llegó a proponerle una prueba de clarinete bajo para la Orquesta de RTVE, estando él mismo dispuesto a prestárselo ya que Pepe no tenía ninguno. Llopis se lo comentó a Fernández-Cabrera y recibió una advertencia clara: «Si sales por esa puerta y haces la prueba, aquí no vuelvas». ¿Cabían más dudas? Además, se había casado recientemente, por lo que sin dudarlo eligió Cuenca, aun no siendo una decisión cómoda ni exenta de renuncias. 

También ganó una plaza a media jornada en la Banda Municipal de Albacete y, durante ocho meses, se levantaba a las cinco, se desplazaba a Albacete, allí ensayaba hasta la una y media… regresando a toda prisa para dar clase en Cuenca a partir de las cuatro. La legislación laboral terminó obligándole a dejar Albacete.

En 1999 ayudó a impulsar, junto a Carlos Bonilla, Ángel Pallas y Pedro Criado, el proyecto de la Escuela Municipal de Música y Danza. Recorrieron colegios, tocaron para los niños y recogieron cerca de 350 solicitudes. Al verlas, el alcalde, a la vista de la demanda y a fin de dale utilidad al Edificio Palafox, en estrecha colaboración institucional con Fernando J. Cabañas, su primer director, la creó.

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Concierto. Banda Santa Cecilia de Cullera.

Un conquense de monte y coro

José se confiesa convencido de que es un «buen conquense» y lo acredita con las botas puestas. ¿Ejemplos? Conoce más de 20 especies de setas y cada otoño sale al monte con amigos y familia. Si aparece un boletus, un níscalo grande sin gusanos o una manta de negrillas, el que lo encuentra grita «¡Petróleo!». Es su fiesta pequeña, su descanso necesario y, un grito de triunfo; el resultado de un acuerdo asentado en el afecto y cariño que se guardan entre ellos.

También dirige desde hace 11 años el coro Sottovoce. Al principio rechazó dos veces la propuesta porque el mundo coral lo sentía ajeno. A la tercera, le dijeron: «O tú o buscamos otro». Pensó: «¿Por qué no?». Ahora habla de sus coralistas con afecto y respeto, a pesar de que muchos empezaron sin saber música, pero «ponen interés y dedicación».

José García Llopis llegó con frío, instalándose en Cuenca por las clases, sus alumnos, los ensayos y los afectos. Cuenca, la ciudad que le ofreció primero una buhardilla, acabó dándole algo bastante más difícil de encontrar: pertenencia.

José García Llopis (1965) es profesor superior de Clarinete, formado en los conservatorios superiores de Valencia y Madrid con Juan Vercher y Máximo Muñoz. Inició su docencia en Bellreguard (1988-1990) y, tras obtener plaza en las bandas municipales de Cuenca (1991) y Albacete (1996), impulsó la creación de la Escuela Municipal de Música y Artes Escénicas de Cuenca. La dirigió entre 2006 y 2014, habiendo asumido dicha responsabilidad nuevamente en 2020 y desempeñándola en la actualidad. Fue clarinete solista y fundador del Octeto de Clarinetes de Cullera. En estos momentos imparte Clarinete y Música de Cámara en la EMMAE, al tiempo que dirige la Agrupación de Adultos.

LA TRIBUNA DE CUENCA