Aula vs. trajes canicas artículos prensa

Aula vs. trajes canicas artículos prensa
Me veo metido en una sesión ¿de trabajo? sobre educación en la sede española del Parlamento Europeo y, al momento, sé que aquello no va conmigo. Miro a mi alrededor —trajes, acreditaciones, políticos, estructuras rimbombantes…— e intuyo una alarmante ausencia de profesionales directos del campo educativo. Mi no bisoña desconfianza en el colectivo político se une aquí a la sensación de que quienes diseñan los rumbos educativos viven más cerca de los boletines oficiales que del pupitre. Mi sospecha no es prejuicio; es fruto de la experiencia. Tras más de 40 años enseñando, mi sensación es clara y —a mi juicio, por supuesto— poco discutible: la educación no mejora con este tipo de mesas redondas ni documentos estratégicos. A la experiencia me remito. Sin embargo, el acto corre a cargo, fundamentalmente, de esos que viven convencidos de estar cambiándolo todo desde despachos y aviones.
Hablan dos ponentes solventes, de discurso impecable e ideas ordenadas. Todo me suena a grada, a análisis trascendental, a teoría sin realidad palpable y menos aún sin conocimiento real de lo que es la algarabía estudiantil. Escucho expresiones grandilocuentes, diagnósticos ¿afinados?, conclusiones ¿lógicas?… y se apodera de mí la sensación de falta de conexión con lo que realmente ocurre en el aula. He vivido reformas de todos los tipos, leyes nacionales y desarrollos autonómicos, promesas de modernización y eslóganes estratégicos. Ninguna, a mi juicio, ha invertido la pendiente descendente iniciada hace 36 años. El problema no es de ideas es —a mi juicio— de distancia, de alejamiento entre quienes deciden y enseñan.
A mi derecha dos docentes —lo han hecho saber al entrar—, ajenos a todo, charlan sin pausa durante 35 minutos. Ese murmullo constante es, paradójicamente, la metáfora perfecta: ni siquiera entre los nuestros hay escucha. ¡Vaya par de…! A los tres cuartos de hora me marcho aprovechando unos aplausos. Al atravesar la puerta se apodera de mí una sensación clara: dejar de perder el tiempo también es una forma de dignidad humana y profesional. Y quizá sea la única que nos queda cuando la educación se discute lejos de donde realmente acontece y sin complicidad activa de los docentes.
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01/06/2026
