Carlos Alcocer AÑEJAS SONADAS OLCADES 1
Carlos Alcocer siempre persiguió, por encima de cualquier reconocimiento, compartir música a través de su voz.

La voz que sigue llegando

Carlos Alcocer entró en la música casi sin darse cuenta. Todo aconteció una tarde de infancia en la que una canción de Alan Parsons le saltó desde la radio y le dejó fascinado para siempre. Aquella revelación se quedó a vivir con él, aunque en su casa no terminasen de ver claro que la música podría ser algo más que una afición. Hoy, cuando ya no está entre nosotros, aquella primera sacudida sigue explicando mucho: la intensidad con la que cantaba, la manera de escuchar a los demás o el pudor con el que siempre se colocó ante el público.

Un comienzo a contraluz

Carlos entró en el coro del conservatorio de Cuenca con 15 años, cargado de timidez, pero siendo feliz en cada ensayo. A los 18 empezó los estudios de Canto con Carmen de Lucas, siendo habitualmente acompañado al piano por José Miguel Moreno, mientras oía en casa que, a partir de cierta edad, tendría que pagarse la vida si insistía en su amor por la música. Entre aquella advertencia y el deseo de cantar se matriculó también en Enfermería, queriendo abrir una segunda vía sin haber cerrado la primera.

En aquellas clases de Canto algo cambió en su vida. Carlos Lozano, su amigo y colega, recuerda cómo De Lucas se quedó sorprendida al escuchar un timbre nuevo, lleno, con personalidad. Esa voz joven ya contenía esa mezcla de lirismo y calidez que luego tantas personas disfrutarían en auditorios, iglesias o salas de concierto.

El enfermero que cantaba y escuchaba

Durante años, Carlos recorrió en coche los pueblos de Valeria, Valera de Abajo y Olmeda del Rey como enfermero, con la bata compartiendo espacio con carpetas llenas de partituras. Sus pacientes sentían que no solo los curaba, sino que además los escuchaba, y esa cercanía se hizo especialmente visible cuando, al fallecer, muchas personas de esas localidades acudieron al tanatorio a despedirle con amor fraternal. En cada visita domiciliaria él había practicado una forma de presencia que se parecía a la del escenario: escuchar, respirar al ritmo del otro, sostener silencios incómodos…

Carlos dejó siempre claro que no le interesaban la competición ni los premios, prefiriendo siempre el concierto al galardón. Se presentó a concursos solo hasta donde le apeteció, e incluso llegó a acudir a la prueba de Premio de Grado Medio vestido como si estuviese pintando una pared en casa, alzándose con el galardón. Y es que lo que siempre le importó fue, por encima de todo, compartir la música.

El paréntesis del huerto

Al terminar 4º de grado medio, ya cerca de la treintena, Carlos tomó una decisión que reflejó sus prioridades: parar sus estudios de Canto para poder dedicarse a sus hijos y a su trabajo de enfermero. Así, los días se llenaron de visitas médicas y responsabilidades familiares mientras el conservatorio quedó en pausa.

Fue en ese tiempo cuando se dedicó a otra pasión: un huerto en Valdecabras al que la familia iba los domingos. Allí cultivaría hortalizas, ideas y conversaciones, hasta el punto de que Carmen de Lucas resumiría la situación con una reflexión que quedaría para siempre en él grabada: «¡Te vas del conservatorio por un huerto!». Fue para él, ese periodo, una escuela de paciencia y de silencio fértil.

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Encarnado el papel de Don Hilarión, junto a las sopranos conquenses Carla Ortega y Alicia Sánchez.

El regreso

Hacia 2005, 10 años después, Carlos llamará de nuevo a la puerta del conservatorio y los profesores le recibirán con una alegría que su hijo Tomás todavía recuerda. Volverá a estudiar con Carmen y José Miguel, y poco a poco retomará la asistencia a misas, bodas y pequeños conciertos con la sensación de recuperar algo muy propio que nunca se llegó a ir del todo.

En 2009, un curso de lied en Capellades abrirá otra etapa, contactando con profesores y cantantes que le animarán a tomarse en serio ese repertorio que tanto le atraía. De ahí nacerá el sexteto 4×4 —cuatro cantantes y dos pianistas— con el que realizará una gira por Hokkaido, Japón, viviendo la sorpresa de verse cantando tan lejos de Cuenca sin haber perseguido nunca una carrera internacional.

Tres obras soñadas

En su trayectoria habrá tres creaciones que Carlos verá como cimas íntimas: el Requiem y La flauta mágica de Mozart, así como la Novena de Beethoven. En 2011, Pedro Pablo Morante le propondrá ser el tenor solista del Requiem en la Catedral de Cuenca.

Poco después, animado por Carlos Lozano, aceptará el papel de Tamino de La flauta mágica, asumiéndolo primero en la Plaza de la Merced y luego en el Teatro-Auditorio de Cuenca, dentro del 20 aniversario de ese recinto. Más tarde, con la Novena beethoviana y en el XX Aniversario de Cuenca como Ciudad Patrimonio de la Humanidad, completará el triángulo soñado.

El lied y los afectos

Aunque pasará por la ópera y el repertorio sinfónico, donde Carlos se sentirá siempre especialmente pletórico será con el lied alemán. Trabajará con pianistas como F. Poyato y T. Mujal, ofrecerá recitales de cámara en Castilla-La Mancha y Cataluña, al tiempo que se convertirá en colaborador habitual del Orfeón Ciudad de Cuenca, además de participar en zarzuelas y proyectos benéficos.

En 2017 grabará como solista varias piezas del CD Las doce ya están sonando. Villancicos, con obras de compositores conquenses impulsadas por Javier Tortajada. Para él, estrenar música de amigos y paisanos será siempre una forma de agradecimiento, una manera de afirmar que la creación también brota en los pequeños lugares.

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Carlos falleció en 2025 a los 57 años.

Curiosidades y legado

Fuera de la música, Carlos desplegará multitud de aficiones: la horticultura, el bricolaje, la poesía, la pintura, la radioafición, la historia, la política «sin discusión» y la bicicleta llenarán su tiempo. Le gustará hablar de muchas cosas, pero sobre todo escuchar, prefiriendo las ironías suaves a los debates encendidos.

En el entorno familiar influirá en la vida de su hijo Tomás y de su sobrina Patricia, a quienes animará a estudiar música y a tomarse en serio su vocación sin perder la humanidad. Su forma de entender el oficio, más cerca del cuidado que del brillo, se quedará en ellos como una brújula discreta.

La ausencia que sigue sonando

A partir de 2022, la enfermedad le obligará a ir apartándose poco a poco de la actividad musical. Aun así, el 1 de noviembre de sus dos últimos años de vida seguirá cantando el Requiem mozartiano, en versión para coro y piano, junto a sus compañeros de Cuenca Ciudad de Música.

En el verano de 2025, tras cuatro años conviviendo con una mortal enfermedad, Carlos fallecerá a los 57 años. La IV Muestra Internacional de Canto Lírico XXI de Cuenca se dedicará a su memoria y el Premio del Curso de Lied adoptará su nombre de modo que su pasión preferida seguirá vibrando en voz alta. Hoy, gracias a sus grabaciones, Carlos Alcocer continúa impactando en la vida de quienes alguna vez se dejaron embriagar por él y, ante todo y por encima de todo, por su voz.

LA TRIBUNA DE CUENCA