La fila de los milagros canicas artículos prensa

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Aquel día había un concierto en un monasterio del siglo XVIII, un tanto tocado por el paso del tiempo, pero todavía digno. El programa, organizado por una asociación de jubilados veraneantes, prometía música entre piedras, brisa, gaviotas… y allá fuimos una amiga, su hijo adolescente (mi aliado en múltiples travesuras) y yo, todos del gremio musical, convencidos de que la experiencia podría ser especial.
Al llegar, el mejor sitio saltó a la vista: primera fila del coro; una tentación. Además, estaba vacía. Antes de apoyar nuestros traseros apareció un septuagenario, mezcla de sacristán y sargento chusquero, indicándonos que el banco estaba reservado para los invitados especiales, replegándonos con resignación y sumisión a la segunda fila, negándome —lo asumo— a aceptar la derrota. Fue entonces cuando, con la inspiración del diablo, urdí un plan: que el chico fingiese un repentino ataque nervioso —baile de San Vito, arrebato místico, trance gregoriano…—, a ver si el severo guardián se apiadaba y nos devolvía a la primera fila. El chico, fiel al mandato recibido y entusiasmadísimo con la propuesta, me siguió la broma. Brazos haciendo aspavientos, cabeceos convulsos, sonidos indescifrables al tiempo que expulsaba baba: parecía poseído, a un tiempo, por Bach y por el demonio. Y yo: «¡Ay, pobre! ¡Con la ilusión que tenía por ver el concierto desde delante!», en puro melodrama, abrazándolo como si tratase de calmarlo. El vejete, al verlo, creo que dudó entre llamar a un médico o a un exorcista; la madre —mi amiga—, sin saber nada del enredo, le soltó al hijo un repertorio de insultos domésticos propios de quien pasa vergüenza en público. Mientras, nosotros dos, entre risas contenidas y lágrimas, acrecentamos la estrategia hasta que el chaval, vencido por la risa, rompió el hechizo a carcajadas, arrastrándome y dejando a todos boquiabiertos.
La primera fila se ocupó por los invitados previstos, obviamente, y el jubilado seguro que nos echó una maldición… pero comprobé que no siempre el privilegio reside en estar en primera línea. A veces, el espectáculo más memorable puede estar en la retaguardia, más que en el escenario. De lo que cantaron jamás nos hemos acordado, pero del numerito montado no nos olvidaremos en la vida… y sospecho que tampoco el jubilata.

25/05/2026
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