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Dirigiendo el Coro del Conservatorio en un acto de Semana Santa.

Pedro Pablo Morante y la Semana Santa de Cuenca

Pasión en ¿do mayor?

La vida de Pedro Pablo Morante Calleja late al compás de una amalgama de pulsos entre los que el de la Semana Santa de Cuenca cuenta con identidad propia. Desde la infancia y hasta su madurez, unas veces como compositor y muchas como director de coro, todo ha girado desde siempre en torno a esos días en que la ciudad se transforma, suena y reza. Su historia personal es, en buena medida, parte de la historia reciente de la Semana Santa conquense contada desde dentro, desde la música, desde la fe y desde la emoción más íntima.

Casa, familia y primeros latidos

En el hogar de los Morante Calleja la Semana Santa no fue nunca un acontecimiento anual, sino un sentimiento permanente. El padre, hermano de siete hermandades, y la madre, hija del mítico maestro Jesús Calleja, transmiten a sus hijos un clima donde los pasos, las anécdotas de hermandades, la música de las procesiones y hasta la gastronomía propia de esos días forman parte de la cotidianeidad. 

Siendo todavía un niño, ese ambiente se prolonga en la calle. En la Plaza Mayor y en los barrios periféricos, el pequeño Pedro Pablo organiza con otros chicos mini pasos construidos con cartón o madera, una cruz improvisada y dos palos de escoba a modo de banzos. Un tambor de turbas heredado pone el ritmo a aquellas procesiones infantiles vespertinas en las que se turnan para llevar el paso y tocar. Son los primeros ensayos de una liturgia que, con el tiempo, se hará adulta, compleja y plenamente musical, al tiempo que fortalecerá la amistad entre quienes, sin saberlo, van aprendiendo a querer a su ciudad desde la devoción y el juego.

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La familia Morante Ortega lleva en sus genes la Semana Santa Conquense.

Nazareno precoz y músico en formación

A los nueve años, Pedro Pablo viste por primera vez la túnica para salir como nazareno en la procesión del Entierro. La decisión nace en la catequesis, donde el cura de San Pedro, don Francisco, les habla de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo con tal fuerza que cuatro chavales deciden dar el paso. Desde entonces, el niño descubre que caminar en la fila es otra manera de comprender el Evangelio y de pertenecer a la ciudad, otra forma de mirar a los balcones llenos y a las piedras de Cuenca con respeto y silencio.

Poco después, con 12 años, se abre otro camino determinante: su padre lo apunta a la Banda de Música. Un año más tarde debuta en los desfiles procesionales y permanece hasta los 15. Tras el atril, la Semana Santa se le revela desde el sonido: desfilar tras los pasos, sentir que la música envuelve la imagen, aprender un repertorio de marchas entre las que sobresale Camino del Calvario, compuesta por su abuelo Jesús Calleja. Tocar esa partitura «en el escenario para el que había sido concebida» le provoca una emoción difícil de describir, mezcla de orgullo familiar y conciencia de tradición, de gratitud hacia quienes antes que él dotaron de música a la Pasión conquense.

Los años de banda le enseñan también la disciplina del ensayo, el respeto al maestro, la importancia de llegar a tiempo a cada llamada. Mientras algunos compañeros viven la Semana Santa solo como una fiesta, él comienza a percibirla como una escuela de vida donde el esfuerzo, el servicio y la belleza se abrazan. Entre procesión y procesión va interiorizando que la música litúrgica no es un adorno, sino un modo de oración compartida.

El frío, las torrijas y la ciudad en vela

No todo son grandes gestos litúrgicos. El joven músico asocia también la Semana Santa a una geografía emocional hecha de frío, lluvia, cansancio y pequeños refugios. Recuerda la dureza de las noches interminables, el esfuerzo de subir y bajar desde la Plaza Mayor, el alivio de un bocadillo, un vaso de agua y un dulce —«torrijas o pestiños»— en los descansos. Sus padres, panaderos y hosteleros, sostienen con sus negocios en la Plaza Mayor ese espacio de encuentro donde la música se mezcla con el olor a masa recién hecha y café caliente, donde muchos nazarenos recuperan fuerzas antes de volver al cortejo.

La gastronomía propia de estos días —torrijas, monas, ajo arriero, garbanzá, potaje de vigilia— se cuece en el obrador y en la cocina de casa, y se convierte en otro lenguaje para expresar la fiesta. Pedro Pablo reconoce que buena parte de lo que sabe de cocina se lo debe a ellos: «la mesa familiar, como las bandas y los coros, es otro lugar donde se transmite la tradición». Alrededor de esa mesa se comentan procesiones, se recuerdan anécdotas, se planifican turnos y se alimenta un cariño por la Semana Santa que va más allá de lo estrictamente religioso para convertirse en cultura compartida.

Turbas, clarinete y la ciudad que resuena

Entre los 16 y los 20 años, el joven Morante se integra en las turbas del Camino del Calvario. Con un grupo de amigos, tras la cena del Jueves Santo, recorre la noche conquense aguardando la salida de la procesión, comiendo un bocadillo a pie de calle y bajando después a «encerrar» el desfile. Es tiempo de conversaciones casi monográficas: «Momentos en los que al 80% hablábamos de Semana Santa», confiesa. De aquel periodo conserva el recuerdo del estruendo, de la hermandad juvenil y su último tambor de doble piel de vaca; el clarín que lo acompañó seis años se pierde en la última salida, como un símbolo de etapa concluida y de una juventud que se despide entre toques y redobles.

Sigue creciendo como músico. Toca el clarinete en actos de distintas hermandades y canta en celebraciones religiosas con compañeros de la clase de conjunto coral de don Fortunato. Vivir desde dentro la Misa Crismal en la catedral, interpretando música coral, le permite experimentar la liturgia, no solo como espectador devoto, sino también como protagonista sonoro. La Semana Santa se convierte así en su primer laboratorio de dirección, escucha y servicio; aprende a respirar con el coro, a sentir el pulso de la asamblea y a descubrir que una sola nota mal colocada puede romper el clima de oración. Esa exigencia de belleza humana y espiritual marcará después su forma de dirigir.

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El coro del conservatorio, en las escaleras de San Felipe Neri.

Amor, hermandades y fe compartida

En 1989 conoce a Raquel, la que será su esposa, procedente de una familia profundamente semanasantera. Su padre, Jesús Ortega, pertenece a nueve hermandades y ha transmitido a hijos y nietos una devoción que se vive con naturalidad y alegría, sin estridencias, pero con fidelidad admirable. La unión de la pareja refuerza la vivencia común: juntos intensifican su participación, comparten ensayos, cultos, desfiles y cenas de hermandad, descubriendo que la Semana Santa también puede ser espacio de proyecto vital en común.

En esos años, Pedro Pablo asume el esfuerzo físico y espiritual de ser bancero durante años en la Venerable Hermandad de Nuestro Padre Jesús Amarrado a la Columna, «el Amarrao», y nazareno en la del Santísimo Cristo de la Agonía. Llevar sobre los hombros el peso del paso o caminar en la fila se convierte para él en una prolongación de su oración y de su pertenencia a la ciudad. Cada relevo, cada levantá, cada paso corto por las calles empinadas de Cuenca le recuerda que no se trata solo de fuerza, sino de armonía y de comunión con quienes caminan a su lado. La Semana Santa deja de ser solo herencia familiar para convertirse en proyecto de pareja y, más tarde, de familia.

El Coro del Conservatorio: música para una ciudad en oración

El año 2000 marca un antes y un después. Pedro Pablo asume la dirección técnica del Coro del Conservatorio de Cuenca, el conjunto coral más vinculado a la Semana Santa conquense. Desde las escaleras de San Felipe Neri, el coro acompaña los desfiles con páginas tan emblemáticas como el Miserere, el Stabat Mater o el motete O Crux. Bajo su batuta, estas obras adquieren un relieve especial: se cuidan los matices, se respeta la tradición y, al mismo tiempo, se busca una claridad expresiva que acerque la polifonía al pueblo que escucha en silencio, de madrugada, con el corazón encogido.

Los ensayos se convierten en auténticas catequesis musicales. Pedro Pablo explica el sentido de cada texto latino, insiste en que no se trata solo de afinar, sino de comprender lo que se canta. El coro aprende a manejar los silencios, a respetar la respiración de la ciudad, a modular la intensidad para que la música acompañe, sin imponerse, el paso de las imágenes. Muchos jóvenes descubren gracias a él obras maestras de la música sacra y, al mismo tiempo, una manera de vivir la fe desde la belleza.

Con el paso de los años, Pedro Pablo enriquece ese repertorio con nuevas piezas dedicadas a distintas hermandades, nuevas versiones del O Crux y composiciones propias encargadas para desfiles y actos litúrgicos. Entre ellas destaca el tríptico Eis Ecce Homo, Ave Rex Iudaeorum y O vos omnes, dedicadas al Ecce Homo de San Miguel; O Crux Ave para la Hermandad de la Cruz Desnuda de Jerusalén y Ter me negabis para la Hermandad de la Negación de Pedro. A ellas se suman Consummatum est, Caligaverunt oculi, Tenebrae facta sunt u O Domine Jesu Christe, además de varias páginas de su ciclo Momenta Christi, que van configurando una especie de banda sonora contemporánea de la Pasión conquense. Cada estreno es acogido con expectación por las hermandades y el público que, año tras año, reconoce ya ciertos giros melódicos como parte de su identidad sonora.

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Son numerosas las piezas compuestas por Morante Calleja dedicadas a la Semana Santa conquense.

Dejar la fila para tomar la batuta

Durante un tiempo, dirige el coro y sigue como nazareno, pero esa doble condición abre un conflicto interior. Debe abandonar la fila para subir a dirigir y después regresar al desfile, y esa interrupción le incomoda. Está convencido de que el nazareno ha de acompañar, meditar y vivir la procesión de principio a fin. Ante la imposibilidad de estar plenamente en los dos lugares, decide que su aportación principal ha de venir desde la música. Mantiene así la dirección del coro hasta 2021, año en que concluye esa etapa al frente de un proyecto que ha marcado dos décadas y que ha formado a varias generaciones de cantores. Esa decisión no supone alejarse de las hermandades. Para él, lo esencial es que la vida cofrade no se reduce a siete días de desfiles, sino que se prolonga todo el año en juntas, subastas, puestas en andas, cenas, celebraciones religiosas, funciones solemnes y Vía Crucis. «El súmmum es la Semana Santa, pero para mí ha sido muy importante todos esos momentos», subraya. Allí, en la actividad discreta de invierno, también se gesta la música, se comparten ideas, se revisan partituras y se transmite la tradición a las nuevas generaciones. Muchas de sus composiciones nacen precisamente de conversaciones sencillas al terminar una reunión o de una petición inesperada de alguna hermandad que quiere rezar de manera nueva.

Silencio, pandemia y esperanza

El tiempo reciente también ha dejado su huella. La irrupción de la pandemia interrumpe los desfiles procesionales y obliga a vivir la Semana Santa «desde dentro», en la intimidad religiosa de las familias y las comunidades. En casa de los Morante, la espera de la normalidad se confunde con la de que regresen las procesiones. Las túnicas quedan colgadas en los armarios, los instrumentos enmudecen y los balcones, por primera vez en décadas, no ven pasar al Nazareno. Esos meses oscuros son, para Pedro Pablo, un tiempo de oración silenciosa y de creatividad contenida. La música sigue sonando en su cabeza, se repasan mentalmente los misereres, se recuerdan las voces del coro, se escriben nuevas ideas que quizá algún día verán la luz. Cuando en 2022 las imágenes vuelven a salir a la calle, no solo la ciudad respira aliviada: también lo hace el músico que, tras el silencio impuesto, comprende aún mejor el valor comunitario de cada compás, de cada marcha, de cada miserere cantado junto a la piedra antigua de Cuenca. Nunca como entonces la Plaza Mayor le parece un corazón que vibra y late.

Hoy, la biografía de Pedro Pablo se sigue escribiendo al ritmo de la Semana Santa. El niño que jugaba a las procesiones en la Plaza, el adolescente que desfilaba con el clarinete, el bancero joven, el director que hace vibrar al coro, el compositor que regala nuevas músicas a sus hermandades, son la misma persona que, con discreción y constancia, ha tejido una vida al servicio de una ciudad que reza cantando. Y en cada nueva generación que se suma a los ensayos, a las filas y a las andas, late algo de aquel niño que descubrió, muy pronto, que su lugar estaba donde la fe y la música se abrazan, allí donde una partitura bien cantada puede convertirse en plegaria compartida.

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Pedro Pablo se inicia con el clarinete en el seno de la Banda de Música de Cuenca.

Pedro Pablo Morante Calleja (Cuenca) es compositor, habiendo sido director de coro y de orquesta, así como profesor de Historia de la Música, Orquesta y Coro en el conservatorio de Cuenca. Especialista en lenguaje musical y música y movimiento, imparte clases en la Escuela Municipal de Música de la ciudad. Ha dirigido el Coro del Conservatorio, el Coro Infantil y Juvenil Pedro Aranaz, la Orquesta del Conservatorio y la Orquesta Camerata Ars Nova. Vinculado desde niño a la Semana Santa conquense, ha sido músico de la Banda Municipal, nazareno y bancero en distintas hermandades. Entre 2000 y 2021 asume la dirección del Coro del Conservatorio estando presente, entre otros, en los actos y desfiles procesionales de la Semana Santa de Cuenca. Como compositor, es autor de numerosas obras de inspiración religiosa, entre ellas el tríptico Eis Ecce Homo, Ave Rex Iudaeorum y O vos omnes, O Crux Ave, Ter me negabis y varias piezas del ciclo Momenta Christi.

LA TRIBUNA DE CUENCA