José Luis Bueno Cardeñosa AÑEJAS SONADAS OLCADES 3
Basta una batuta y unos músicos para que José Luis vibre y haga vibrar.

Bombardinos, batutas y carpe diem

Bajo la luz blanca de una sala de ensayo cualquiera José Luis Bueno no encuentra su sitio. Él se disuelve fervientemente vibrante en el murmullo de una banda. Un gesto breve con su batuta, una broma susurrada al bombardino de la última fila, una mirada a quien llega tarde; la música empieza en él antes de que nadie toque una sola nota e incluso se haga presente donde minutos después reinará la armonía.

Tarancón, laboratorio de un bombardino improbable

Su historia no arranca con una vocación deslumbrante, sino con una decisión doméstica: en casa se es de la Banda de Música de Tarancón, igual que se es del barrio o del equipo de fútbol. Las tardes en la Casa de la Cultura huelen a atriles viejos y a pasodobles sentidos merced al solfeo de don Hilarión Eslava. Cuando llega la hora de repartir instrumentos, el azar tiene nombre de maestro: Según don Ángel, sus labios son «apropiados para tocar el bombardino», ese metal que se destiñe y deja un olor extraño en las manos… aunque él soñaba con la trompeta. Años después, ese instrumento —¿equivocado?— será la llave de su vida profesional.

Supermercado, cine y peña Carpe Diem

Entre cámaras frigoríficas, estanterías del supermercado familiar y el negocio de hostelería de su padre, la música funciona como una contraseña secreta. La familia es humilde; el lujo está en las bandas sonoras que se cuelan en casa y en la complicidad con su abuela Teresa. En los años 90, Tarancón descubre El club de los poetas muertos y un profesor de instituto les regala el carpe diem como consigna; así se bautiza la peña de amigos que llena las fiestas de pólvora y conversaciones infinitas. En paralelo nace Paraíso Brass, el grupo de metales con el que aprende que hacer música con amigos «es lo mejor» y donde el escenario deja de imponer respeto para convertirse en lugar mágico y entrañable.

Un NO a los electrodomésticos; un SÍ a la música

Hay un momento en el que la vida le plantea una pregunta con estructura de contrato temporal: nueve meses trabajando en una tienda de electrodomésticos mientras llega el servicio militar. Allí descubre algo más útil que los manuales de venta: «la venta al público no me apasionaba». El veredicto es claro y definitivo. En 1995 marcha a Madrid para hacer el servicio militar en la Banda de la División Acorazada y, casi en paralelo, accede al Conservatorio Arturo Soria. Más tarde se incorporará a la banda de Aviación; nueve años de beca en los que la disciplina horaria se convierte en aliada de su creatividad y le permite centrarse en el estudio serio del trombón y la tuba.

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Sus inicios en la música, en Tarancón, fueron con el bombardino.

Oficio de profesor; magia de alumno

Termina los estudios superiores en 2005 y la Banda Municipal de Jaén le recibe como trombón. Se acaba la mili, pero no la sensación de estar siempre aprendiendo. En pocos años cambia Jaén por Ciudad Real, como profesor de trombón en el Conservatorio Marcos Redondo, y después por Madrid, donde en 2009 comienza a impartir Tuba en el Conservatorio Teresa Berganza. En 2010 aprueba la oposición de profesor de música y artes escénicas en la Comunidad de Madrid «con la ayuda inestimable de Fernando Cabañas, quien me enseñó a hablar en público sin disfrazar la emoción». Durante 15 años reparte su tiempo entre los conservatorios Teresa Berganza y Victoria de los Ángeles, recordando a sus alumnos que el truco está en «potenciar las fortalezas individuales para que el estudio y el trabajo no se conviertan en algo tedioso y aburrido».

La batuta como pregunta incómoda

La dirección no llega como un sueño de infancia, sino como una urgencia casi vital: la Coral Malena de Tarancón se queda sin director y le piden ayuda. Acepta casi por sentido práctico y descubre un territorio nuevo desde el que hacerse una pregunta sugerente y cargada de incógnitas: ¿Por qué no hacer lo propio en el mundo de las bandas? Esa curiosidad le lleva hasta José Rafael Pascual Vilaplana y, más tarde, hasta Miguel Romea. Con este último, desde 2011, entra en una especie de gimnasio intensivo de dirección: clases exigentes, un máster de dos años, muchas horas de batuta y de «silencio escuchando». La Banda de Música de Morata de Tajuña se convierte entonces en su laboratorio favorito, un lugar donde equivocarse, reinventarse y crear comunidad.

Getafe, un gran grupo que respira

En 2019 la Banda de Música de Getafe llama a su puerta. No busca solo un director, sino alguien capaz de leer los pálpitos del grupo como si fueran una partitura por escribir. Desde el podio, José Luis se ocupa tanto de las dinámicas musicales como de las humanas: quién necesita una palabra antes del ensayo, quién se esconde en la última fila, quién merece un solo más. La BMG es su espacio para seguir creciendo y aprender a gestionar un colectivo grande sin perder la cercanía de ese músico de pueblo que quiere seguir siendo eternamente.

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José Luis sabe claramente cuáles son sus prioridades.

Inma, Julia y Adrián; contrapesos y horizonte

Fuera de los focos, el contrapeso se llama Inma, compañera desde hace muchos años y esposa desde 2009, que entiende una agenda en la que los fines de semana no suelen ser de descanso. Sus hijos, Julia y Adrián, reorganizan la jerarquía de prioridades: «pasas a un segundo escalón de prioridades: el primero lo ocupan ellos». Con Julia, que ya roza la mayoría de edad, vive ese momento extraño en el que un padre empieza a sobrar en cosas que antes no ocurrían sin él; él lo llama «una curiosa emoción contradictoria». Entre ensayos y viajes, procura que la constancia —«ese valor que Cabañas y Romea me inculcaron al analizar mi evolución musical y humana»— sea también el mensaje que les deja en herencia.

La calma obstinada de los 50

A los 50, José Luis se define como alguien normal, a ratos procrastinador, muy familiar, cabezota y, sobre todo, apasionado de un trabajo que muchas veces se le olvida que lo es. No hay épica grandilocuente en su relato, sino una suma de decisiones pequeñas: aceptar un bombardino que tiñe las manos, decir no a una vida detrás de un mostrador, cruzar España por una plaza en una banda municipal, sentarse de nuevo como alumno cuando ya era profesor. Esa colección de pasos cortos pero firmes le ha llevado también hasta la docencia en el conservatorio superior de Madrid. Desde esos referentes, con paciencia y sin estridencias, sigue levantando la batuta como quien abre una puerta: la de un ensayo en el que todavía queda mucho por vivir y disfrutar.

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Basta una batuta y unos músicos para que José Luis vibre y haga vibrar.

Mi camino en la dirección de orquesta comenzó como una búsqueda de evolución musical que me permitió conocer a grandes maestros fundamentales en mi formación. Figuras como J. R. Pascual Vilaplana, J. Lombana o G. Pehlivanian han enriquecido mi visión de los distintos repertorios. No obstante, el maestro que más ha marcado mi trayectoria ha sido M. Romea, referencia en el mundo de la dirección y pilar esencial en mi carrera. Tras varios años de formación particular, en 2018 cursé el máster en Dirección de Orquesta, en la Universidad Alfonso X el Sabio, donde trabajé junto a Romea y al inspirador maestro A. Salado. Como instrumentista, inicié mi formación en la infancia gracias al impulso de mis padres. Con el tiempo, he tenido el privilegio de colaborar con agrupaciones como la Orquesta de Radio Televisión Española, la Orquesta Sinfónica de Madrid, la ORCAM, la Orquesta de Córdoba y la Orquesta Filarmónica de Málaga. Durante mi etapa de formación fui también miembro de jóvenes orquestas entre las que destaca la Joven Orquesta de la Comunidad de Madrid.

LA TRIBUNA DE CUENCA