Mi oscuro placer canicas artículos prensa

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Dicen que cada cual tiene sus vicios ocultos. Unos coleccionan dedales, otros sueltan lágrimas con documentales de políticos en las cárceles y yo veo vídeos de gente sacándose pus. Sí, lo confieso: pus, puntos negros y guarradas así. Aviso: no valen las bromitas inocentes, ni aludir a videos con gatos bailando flamenco; los míos van de puntos negros que parecen cráteres, de poros que expulsan materia digna de un documental de National Geographic narrado por Iker Jiménez. Y, por supuesto, son de verdad, nada de IA. Todo empezó con una curiosidad sana. Hace años buscaba cómo sacarme un punto negro del entrecejo y el hecho acabó conmigo pegado al móvil, hipnotizado, viendo a una señora —en ¿Texas?— extraerse poco menos que un alienígena cutáneo del tamaño de un espagueti. Luego llegaron los de las orejas. ¡Cavernas eternas! Los especialistas introducían mini cámaras y ahí, entre cerumen secular y pelusas de la Edad Media, empezaban emergían tapones que podrían también empadronarse y votar. Yo, mientras tanto, jadeaba, reía, sudaba y me decía: «¡Sí, sí, saca más, que eso fluye, fluye!».
Lo verdaderamente sublime ha sido uno de los últimos descubrimientos: los vídeos de desatrancos en tubos, cañerías y alcantarillas donde la humanidad deposita sus vergüenzas más inconfesables. Ver cómo, de pronto, un chorro marrón verdoso estalla —¡explota! es más acertado— y forma una fuente vigorosa, no tiene precio ni encuentra parangón.
A veces me pregunto si debería preocuparme. Estoy ahí, con el móvil a dos dedos de mis narices, mirando cómo un señor con guantes de silicona rescata poco menos que un calcetín del infierno… ¡y me noto feliz!; feliz al estilo de Platón, claro. Luego me digo: «¿y si esto es una señal de que algo en mi cerebro se ha torcido?». Me da igual. Mientras otros se desestresan haciendo yoga, buscando tertulias plurales en La 1 o acumulan horas de sofá contando terroristas asesinos saliendo de las cárceles del País Vasco, yo encuentro mi zen en las extracciones propias sin hacer daño a nadie. Quizás esté grillado, pero es un placer tan repugnante y sublime, tan mío, que si Freud me viera seguro que se rendiría con un aplauso e intentando explotarse una verruga.
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18/05/2026