Un alumno de cuatro patas canicas artículos prensa

En aquellos años del Alfonso VIII, yo tenía la costumbre —buena o mala, según se mire— de salir de casa pensando en alguna broma que hacer en el instituto. Lo de recibir clase se me quedaba corto; necesitaba estímulos extras. Entre mi domicilio y el insti había una armería que tenía en su puerta apostado, siempre, un pastor alemán enorme y tranquilísimo al que yo acariciaba cada mañana. Un día se me ocurrió, sin pensarlo demasiado, para no caer en contradicciones conmigo mismo, llevármelo a clase. Así, aprovechando que se podía entrar por el patio, atravesar un pasillo y acceder por la zona vieja, lo conduje hasta el aula.

La reacción de mis compañeros fue bestial: sorpresa primero y algarabía después. Dejé al perro tumbado al fondo de la clase, bastante formal —vamos, tal y como era él—, y al poco empezó la clase de inglés con un profesor muy paciente pero quizá demasiado despistado. Todo iba bien hasta que el perro, harto, se levantó y avanzó por el pasillo existente entre los pupitres en dirección a la puerta. Nosotros ya no aguantábamos la risa. El profesor, que escribía en la pizarra, no veía nada. Cuando por fin se giró y se encontró al animal a escasos palmos de distancia soltó un grito descomunal, justo antes de que el chucho ladrase, cierto es que solo una vez, pero con una intensidad que para sí la quisiera algún tenor. A partir de ahí, todo fueron órdenes nerviosas y mi apellido repetido mil veces por el profe: «¡Cabañas! ¡Cabañas!». Él sospechaba que yo, que encima era el delegado, estaba tras el asunto.

Saqué al perro como pude y volví al aula, pero a los 15 segundos empezó a ladrar por los pasillos perdido en el laberinto que era aquella zona del instituto. El profesor, derrotado, me prometió no sancionarme si solucionaba la situación. Cumplí; devolví al perro a la armería y regresé con sensación de misión cumplida… hasta que jefatura de estudios, a la que el profesor, más que nosotros, quería mantener al margen, intervino. Hubo sanción, aunque más suave de lo esperado gracias al _teacher_. Con el tiempo, lo que quedó no fue el castigo, sino una vivencia inimaginable para algunos en una época en la que, lejos de hacer burradas o salvajadas, infinidad de bromas animaron cursos que hoy permanecen en el recuerdo de quienes los vivimos. Y sí, yo repetiría. Profesores, alumnos, Alfonso VIII… un pack que muchos querrían haber vivido con la magia que yo al menos lo hice en aquellos años.

LA TRIBUNA DE CUENCA