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Ángel Corpa (Barajas de Melo, 1952).

La voz que no se rinde

Ángel Corpa (Barajas de Melo, 1952) ha vivido mucho y, aun así, conserva intacta la capacidad de asombro. En su relato hay pueblo, mudanzas, teatro, música, poesía y calma ganada a pulso. Algo sostiene una parte triunfal de su trayectoria, el grupo Jarcha, ese que marcó una época y que es una de las claves más luminosas de su biografía. En su voz no hay impostura; hay verdad, ternura y lealtad profunda a la emoción como estilo de vida.

De Barajas al mundo

Corpa sale de Barajas de Melo siendo niño, pasando por Cuenca, Uclés y Palencia. Ese recorrido, lleno de cambios y aprendizaje, va moldeando a un joven que se acostumbra a mirar lejos sin olvidar su origen. La familia, el trabajo del padre y la distancia respecto a la vida artística forman parte de una adolescencia en la que ya se adivina un carácter independiente, no dispuesto a renunciar al propio rumbo.

El apego a la verdad personal aparece en él muy pronto. Cuando cuenta su historia, no lo hace con dramatismo, sino con una serenidad que conmueve. Habla del pasado como quien lo ha atravesado sin artimañas, con la conciencia de que cada etapa le ha dejado una huella, un sello. Y en el fondo de todo late una idea muy suya: la vida vale en la medida en que uno no se traiciona a sí mismo.

Teatro, música y rebeldía

Antes de Jarcha, e incluso de la música, en su vida habitará el teatro. Corpa participará en un grupo independiente en Palencia y allí se producirá el primer gran choque con su padre, enemigo de los oficios artísticos. El episodio será breve, pero decisivo. Cuando le adviertan que, si va a Madrid para un estreno, no vuelva a casa, él irá igualmente. Ese gesto dirá mucho de su personalidad. No buscará provocar; simplemente hará gala de su sentir acreditando ya entonces que no puede vivir de otro modo que no sea siendo fiel a lo que siente, a sus valores.

Esa fidelidad lo acompañará siempre. Teatro y música se convertirán en sus dos grandes dominios, en dos modos de tocar la sensibilidad ajena y de ordenar la propia. En él, ambos lenguajes no competirán; se retroalimentarán. De esa mezcla nacerá una forma de estar en el arte que no necesitará adornos, porque se sostendrá en la emoción, en la escucha y en una honestidad inquebrantable.

El nacimiento de Jarcha

Jarcha surge en Huelva, a modo de prolongación natural de sus labores culturales en un colegio menor. Allí hay coro, rondalla, actividades educativas diversas y una inquietud común por hacer algo más vivo con la música. Ángel detecta entonces una posibilidad y la convierte en realidad: reúne voces, selecciona instrumentistas, empieza a componer para el grupo y levanta una formación con personalidad propia, inspirada en el folk, pero abierta a una sensibilidad más generosa.

Lo hermoso de ese origen es su modestia. Jarcha no nacerá como una operación de mercado, sino como una aventura colectiva alimentada por voluntad, curiosidad y oficio. Después llegará la audición, la maqueta, el primer disco y una carrera rápida e intensa. Pero el germen está ahí: en una idea educativa, en un grupo de jóvenes, en el impulso de alguien que sabe ver antes que otros lo que puede llegar a ser importante. Jarcha acabará convirtiéndose en una referencia de la canción española y Corpa quedará ligado a ese nombre de forma inseparable.

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Desde hace años desarrolla una carrera artística en solitario.

Aprender sin escuela

Ángel se define a sí mismo con una imagen preciosa: la de un perro callejero de la música. No habla desde el desdén hacia la formación, sino desde la conciencia de haberse educado también fuera de los cauces convencionales. Su primera guitarra provino casi de la basura. La arregló con sus manos y empezó a sacar acordes aprendiendo de oído, pegándose a quien sabía tocar. Más tarde estudió de forma oficial, pero sin perder sus vínculos con la intuición. 

Desconfía de los «corsés académicos cuando apagan el vuelo creativo». Para él, la música no es solo técnica: es intuición, respiración y una forma de inteligencia que no siempre se aprende en el aula. Esa mezcla de oficio y libertad explica buena parte de su personalidad artística.

La salida de Jarcha

La separación del grupo no nacerá de un gesto brusco, sino de una certeza íntima. Corpa había dicho que el día que subiera a un escenario sin emocionarse, lo dejaría. Y ese día llegó. Cierto ambiente enrarecido en el grupo y, sobre todo, la pérdida de esa emoción primera lo empujarán a marcharse sin resentimiento, simplemente con claridad.

La etapa en solitario será difícil. Venía de una estructura consolidada y tuvo que empezar casi de cero, en conciertos pequeños, con menos protección y más incertidumbre. Pero también se abrió entonces una etapa de depuración. Aprendió a ser más exacto, más directo, más suyo. Y ese proceso, aunque duro, le permitió seguir creciendo sin acomodarse. En él hay algo especialmente admirable: la capacidad de abandonar una cima cuando siente que ya no le pertenece del todo.

La poesía como camino

Uno de los rasgos más bellos de su obra en solitario posterior a Jarcha es la relación con la poesía. Él deja de lado la necesidad de escribir letras propias de manera constante y se entrega a musicar poemas de autores que admira. Lo hace con una delicadeza especial: no «impone» una música al texto, sino que «escucha lo que el poema pide». Esa es, quizá, su mayor virtud como creador.

Profundiza en Neruda, en los sonetos del Siglo de Oro, en la dificultad y belleza de encontrar el referente justo. Y lo hace con una mezcla de humildad y exigencia que emociona. En su manera de entender la canción, el poema no es un soporte para la música, es una presencia viva que dicta su propio camino. Esa idea resume muy bien su ética artística: respeto, profundidad y una enorme lealtad a la palabra.

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Ángel Corpa fue el creador y referente máximo del mítico grupo Jarcha.

Silencio y presente

Hoy vive en Barajas de Melo, en una casa personalizada plenamente, en un hogar que siente como un nido y donde dice reconocerse en cada rincón. Ha elegido una vida más interior, menos expuesta y más silenciosa. Le gusta esa quietud porque le permite pensar, ordenar, escuchar y liberarse de equipaje. «Estoy muy tranquilo, muy feliz», resume con una naturalidad que desarma.

Pero su retiro no equivale a desconexión. Sigue en activo, actúa cuando le llaman y conserva una mirada crítica sobre el mundo. Le preocupan la cultura convertida en entretenimiento, la polarización, la desmemoria y «el ruido general que impide construir nada con hondura». No habla desde el cinismo, sino desde una conciencia muy viva de lo que importa. Quizá por eso su figura resulta tan cercana: porque en él conviven la firmeza y la ternura, la lucidez y el afecto, las experiencias y las emociones.

Ángel Corpa es, sobre todo, un hombre de verdad, un artista que creó Jarcha, pero también que ha pasado por la canción, el teatro, la poesía y muchas vidas distintas sin dejar de ser él mismo. Esa coherencia, en tiempos tan ruidosos, tiene mucho de valioso, de necesario y de profundamente humano.

LA TRIBUNA DE CUENCA