Lección en el súper canicas artículos prensa

Entro en el supermercado. He de comprar leche, pero pronto presiento que saldré con algo con bastante más chicha. Mientras busco, una mujer deja su carro y se acerca a una pareja que enseguida intuyo que son padres de un compañero de clase de su hijo. No se anda con zarandajas: «Oye, ¿es verdad que el examen de Cono del lunes lo van a hacer con el libro? Me lo ha dicho Guille, pero ya sabes que es muy despistado y que no se entera bien». No busca respuesta; quiere confirmación, que alguien, con galones de mami informada, avale la versión oficiosa de su nene.

Me hago el distraído; quiero enterarme de qué va el asunto. La respuesta llega sin filtro: «Sí, el examen será con el libro». Pero lo verdaderamente kafkiano viene después. La portavoza —sí, portavoza— de la pareja añade que han sido ellos mismos los que se lo habían avisado a la maestra: «El tema es muy largo, los niños están ya cansados y la suya no es forma de examinar». Y remata: «Se lo hemos dicho claramente; ¡no puede suspender ninguno!» Por lo oído, concluyo que no solo conocían la decisión, sino que a la pobre maestra la han orientado, incluso la han empujado los propios padres a adoptarla. Entre estantes, deduzco que la autoridad en esa aula —y fuera— está en manos de los papis.

La madre se marcha tranquila. Yo no tanto. Lo inquietante no es la anécdota, sino el patrón: padres que deciden ocupar el lugar de los profesores y docentes que, por evitar conflictos, ceden. No se trata de una interferencia puntual, es una claudicación que viene dándose desde hace años. Se negocia el contenido, se rebaja la exigencia y se desdibuja la responsabilidad. Todo ello con sonrisas conciliadoras que, en el fondo, encubren renuncias. Lo verdaderamente patético —también preocupante— es esta especie de acuerdo tácito en el que unos dictan sin saber y otros aceptan sabiendo. Mientras tanto, en algún punto entre el aula y el entorno familiar, la educación va perdiendo mucho más que simple autoridad. Es un sometimiento en toda regla en el que, aunque parezca lo contrario, los únicos que pierden son los alumnos quienes, por mi experiencia, cada año son más ignorantes que el anterior. Hala, a seguir.

LA TRIBUNA DE CUENCA