Elegir líder canicas artículos prensa

Debió haber un tiempo —o eso quiero creer para no perder del todo la fe en nuestra especie— en que elegir al líder de una tribu, clan, estirpe, etc. tendría cierto sentido. Imagino a aquellos primeros pueblos señalando, sin dudar y para liderarlos, al más fuerte y astuto, al que sabía distinguir entre una seta comestible y otra que los mandaba al otro barrio en segundos. No creo que lo hiciesen por romanticismo, sino más bien por mera supervivencia. Además, si se equivocaban, no había tu tía; en el mejor de los casos iban de entierro. Algo debía funcionar, por tanto, en aquel rudimentario pero eficaz sistema de selección del mando de los grupos humanos.

Siglos de progreso, universidades, tratados filosóficos, constituciones y un sinfín de avances… y hemos terminado eligiendo justo lo contrario de lo que dictaría el más básico sentido común. Donde antes se buscaba capacidad, el paso del tiempo ha hecho que se premie la inutilidad —seré suave—; donde se exigía carácter, ahora se festeja la supervivencia a base del «donde dije Diego…»; donde hacía falta inteligencia, ahora basta con verborrea, necedad e incluso serios desajustes psicológicos. Hemos perfeccionado tanto el sistema que ya no gana el mejor, sino el que mejor disimula no serlo. En ese escenario aterrador desfilan supuestos líderes cuyo único logro verificable es sobrevivir a sí mismos y ante los suyos, lo cual, visto el patio, tampoco es moco de pavo.

Es una realidad incuestionable que hay gobernantes cuyo único crédito previo a dirigir lo que sea es haber sido, en el mejor de los casos, presidentes de su comunidad de vecinos… y eso se asume por turno. Ese es el nivelazo del que disfrutamos. Aun así, muchos comparecen con solemnidad equiparable a quien hubiese capitaneado imperios, mientras la realidad se resquebraja por todas partes a modo de estructura mal calculada. Quizá el verdadero misterio no sea el de la Atlántida, ni el del Triángulo de las Bermudas, sino este inexplicable suicidio colectivo revestido de democracia. Lo más inquietante no es que ellos estén ahí arriba, es que alguien, abajo, sigue pensando que eso tiene sentido, formando parte de la base en la que se asienta la punta de este iceberg.

LA TRIBUNA DE CUENCA