42 años canicas artículos prensa

El sábado pasado, casi a medianoche, recibí un mensaje de dos antiguos alumnos en el que me informaban de que al día siguiente asumirían, como covers, dos de los papeles más relevantes del musical Los miserables. Fue una de esas noticias que remueven de inmediato, de las que hacen que uno cambie sin dudar los planes previstos y se deje llevar por algo muy importante, al menos para mí: vivir el afecto, experimentar el orgullo y sentir la emoción de ver cómo quienes un día estuvieron en tu aula se han convertido en intérpretes capaces de sostener con solvencia una obra de esa magnitud. Ir a verlos fue, desde el primer momento, la decisión.

Sobra insistir en que Los miserables es mucho más que un gran musical. Es una obra que aborda valores profundamente humanos —la dignidad, la justicia, la compasión, la esperanza, la lucha frente a la adversidad—, a menudo no vivenciados como se debiera, y que además cuenta con una partitura inmensa, capaz de elevar cada sentimiento hasta hacerlo casi emocionalmente insoportable. No es ajustado decir solo que la música acompaña esos mensajes; los multiplica, los engrandece y los envía al espectador de manera arrolladora. Y aunque yo ya había visto ese musical cinco o seis veces, el domingo pasado volvió a conmoverme con una fuerza especial, acrecentada por la emoción de saber que dos de mis antiguos estudiantes —hoy, queridísimos amigos— estaban sobre ese escenario en papeles tan decisivos en sus carreras.

Eso fue lo más hondo de todo: comprobar cómo la obra, la música y su presencia se fundían en una misma experiencia. Verlos allí, entregados, firmes, responsables, me produjo una emoción difícil de explicar. Al terminar, cuando nuestras miradas se cruzaron, nuestras sonrisas nos contagiaron y acabamos fundidos en un abrazo, quedó en mí esa sensación serena y persistente de que hay vivencias que reordenan silenciosamente los acontecimientos y emociones, que vuelven a situar cada gesto en su lugar y que, sin decirlo del todo, reafirman por qué uno sigue caminando por determinados senderos con la misma convicción del primer día… concretamente de hace 42 años.

LA TRIBUNA DE CUENCA