Los que siguen sentados canicas artículos prensa

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He visto _El club de los poetas muertos_ en multitud de ocasiones y, sin embargo, nunca de la misma manera. Cada reencuentro con ella me devuelve a la primera vez: la emoción intacta, la admiración renovada y ese descubrimiento de nuevos gestos, miradas o silencios que lógicamente ya estaban allí pero aguardaban a que yo estuviera preparado para advertirlos. No sé si es considerada, a juicio de los sabelotodo, una obra maestra; sinceramente, me da lo mismo. Sé, en cambio, que pertenece a ese reducido grupito de películas que necesito revisitar cada cierto tiempo para fortalecer mi ilusión, mi pasión, mi fascinación por la enseñanza. También para recuperar lo que la vida cotidiana va erosionando en mí.
La última vez no me he detenido tanto en quienes, al final, se suben a los pupitres proclamando su inolvidable «Oh, capitán, mi capitán». Lo he hecho en los que permanecen sentados; en quienes no tienen el valor de ponerse en pie, ni siquiera cuando otros ya les han abierto el camino; en quienes, además, agachan la cabeza para evitar la mirada de Keating, como si no mirar pudiera absolverlos de su cobardía. No son víctimas; son cómplices silenciosos. Les bastaría un mínimo gesto para conceder a su profesor una despedida digna, una muestra de gratitud, una última prueba de que su paso por sus pobres vidas no ha sido inútil. Pero eligen esconderse; optan por proteger su comodidad, por obedecer al miedo y ocultarse.
Ahí está, quizás, la herida más profunda de la película y también de nuestro tiempo. Siempre hay quienes se levantan, quienes asumen el riesgo de señalar injusticias, de defender a quien merece ser defendido o de sostener una causa cuando hacerlo puede tener consecuencias. Pero demasiados se limitan a bajar la cabeza, a fingir que no han visto nada, a esperar que otros hagan lo que ellos solo se atreven a pensar escondidos en un rincón. Son los cobardes discretos, esos que nunca parecen responsables de nada porque jamás se comprometen con nada. Y es que ninguna tiranía, crueldad o mediocridad sobrevive sin la tolerancia de quienes prefieren mirar hacia abajo. Lo terrible no es que algunos no se suban al pupitre; lo lamentable es que, al no hacerlo, ayudan a que la parte cobarde del mundo siga sentada.

05/10/2026
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