El disfraz del cobarde canicas artículos prensa

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Hay líderes cuya distancia física con ellos no atenúa sus efectos; basta, en el caso de los políticos, con que sus decisiones, omisiones y palabras incidan sobre la vida del común de los ciudadanos para que entren en nuestras vidas en tromba. Es entonces cuando uno —y cuando procede, claro— se pregunta si tanta falsedad responde a convicciones ideológicas, a una degradación moral o simplemente se trata de alguna forma de incapacidad psíquica para distinguir entre el deber, el propio beneficio, la moral y la conveniencia social. Tengo la sensación, demasiado arraigada ya y desde hace demasiado tiempo, de que hemos llegado a un punto en que esas hipótesis dejaron de servir como atenuantes. Cuando la mentira no es excepción, sino método; cuando cada promesa parece anunciar lo contrario de lo que realmente ocurrirá; cuando toda declaración pública obliga a sospechar qué alguna maniobra se oculta detrás, ya no cabe hablar de error ni de improvisación.
Lo más desolador no es solo la falta de escrúpulos de quien convierte el poder en fin —¿¡propio!?— y la palabra en máscara. Lo más patético es contemplar la inmovilidad de quienes rodean a ese inmoral: personas que quizás tuvieron alguna vez criterio, memoria o decencia, y que ahora callan, justifican o miran hacia otro lado. Así se normaliza lo intolerable. No de golpe, sino paso a paso: debilitando contrapesos, despreciando la verdad, enfrentando a la sociedad y reduciendo la política a una carrera sin límites por conservar el mando. Todo régimen que se aleja de la libertad empieza por exigir obediencia ciega a cambio de relaciones —y nóminas— tranquilizadoras.
Pero en estas situaciones el rasgo más característico no es la astucia; tampoco la ambición. Es la cobardía. La cobardía de no mirar a los ciudadanos a los ojos y declarar sin rodeos qué país se pretende construir, qué principios se están sacrificando y qué precio se exige pagar. Quien necesita ocultarse tras consignas, giros calculados y promesas reversibles sabe que la verdad le desarmaría. Porque, si se mostrará tal cual es, muchos de quienes todavía le sostienen comprenderían que no tienen ante sí a un líder: tienen ante sí a un cobarde —o a un loco— incapacitado para declarar públicamente sus verdaderas intenciones.
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12/10/2026