Callar y aguantar canicas artículos prensa

Días atrás llamé a una amiga de la que no tenía noticias hace meses. Al contestar, me sorprendió que no supiese quién le llamaba. Me dijo que hace mucho tiempo se le rompió el teléfono y que su hijo, «experto en todo lo que se enchufa», le había prometido pasarle los contactos al nuevo móvil. Aún espera. Por lo visto, el chico le ha dicho ya 20 veces que no tiene tiempo, que está muy liado. ¡Pobrecito! Mientras me lo contaba, me dio por pensar en cuántas cosas sencillas se quedan estancadas, por similares razones, en esa frontera difusa entre lo que se sabe, lo que se hace y lo que se quiere hacer.

Ayer un amigo me confió algo similar. Su hijo, abogado, lleva más de un año para redactarle una reclamación. Le dice que no ha podido todavía; parece que siempre está comprometido con algo urgente. Él, que no entiende de leyes ni de papeles, no se atreve a pedírselo a su vecino por no dar la impresión de que desconfía del experto de la familia. Eso se llama miedo. Así, lo sencillo —no hace falta ser licenciado en Derecho para hacer una reclamación por una compra— se complica. Una tarea de 15 minutos se convierte en una espera infinita, en demostración clara de desinterés. En determinadas relaciones, el conocimiento que alguien posee y que debería ayudar se usa para imponer distancia y generar indefensión. Hace unos días el padre de una antigua alumna me contaba que su hijo, ya profesional, había dado un concierto y concluimos que, a pesar de habérmelo prometido, el chico no me había avisado. Al percatarse, él buscó enseguida justificaciones: que si trabaja mucho; que si no tiene tiempo; que si patatín, patatán. 

Tal vez todos los de mi generación —de anteriores y posteriores también, ¡eh!— hemos contribuido a un error lamentable. Hemos enseñado a los jóvenes a sentirse imprescindibles, a convencerse de que saben más que nadie y en esa idea hemos olvidado inculcarles algo elemental: respeto, empatía, compromiso con quien confía en ellos. Porque amar también es cumplir sin justificarse, es entender que lo verdaderamente valioso no está en lo que se sabe, sino en lo que se hace. Para tristeza de muchos, la situación no parece que esté cambiando ni vaya a hacerlo en breve. ¡Hala!, a callar y a aguantar.

LA TRIBUNA DE CUENCA