Daniel Pérez Huelves AÑEJAS SONADAS OLCADES

Las manos y la vida
Daniel Pérez Huelves AÑEJAS SONADAS OLCADES
Antes de subir a un escenario, Daniel Pérez Huelves experimenta reflexiones sobre aspectos que, previsiblemente, al público no le afectarán: cuánto ha dormido, cómo se encuentra, qué cansancio arrastra del viaje. También —y esto es más trascendental para él de lo que puede parecer—, cuando elige una afición a la que dedicar su tiempo en él pesa una responsabilidad muy concreta: no poner en peligro las manos de las que depende su trabajo. Hace un tiempo vendió su última moto. Le seguía apasionando, pero una lesión podía dejarlo sin tocar y eso jamás se lo perdonaría. La decisión no acabó con su pasión por el motor; cambió su manera de disfrutarla.
La música estaba en casa
El acordeón llegó a la vida a la vida de Daniel mucho antes que esas precauciones. Su padre — Javier, el mañanero—, lo tocaba, y el niño creció con la familiaridad de un instrumento que no necesitaba presentación. A los seis años empezó a aprender en Musical Ismael, una academia de Cuenca donde las clases eran, por entonces y para él, una mera actividad extraescolar.
Su padre quería que recibiera una formación musical más amplia y lo encaminó hacia el conservatorio. Había un inconveniente: allí todavía no se impartía acordeón. Tras las pruebas de ingreso y la posterior elección de instrumento, Daniel optó por piano; a fin de cuentas, algo se parecía al teclado que ya conocía. Sin embargo, al salir exclamó: «Papá, yo no quiero tocar el piano» … y así quedó el asunto. Permaneció un año más en la academia y, al curso siguiente, la incorporación de su especialidad al conservatorio de Cuenca le permitió iniciar los estudios oficiales. Allí cursó las enseñanzas elementales y profesionales.
No cuenta ese recorrido como los pasos dados en dirección a un destino que pudiera adivinarse desde pequeño. Entonces iba a clase, aprendía y disfrutaba; la perspectiva de dedicarse a ello llegó después. «Cada año me gustaba un poco más. Cuanto más estudiaba, más curiosidad tenía por conocer el instrumento y más quería mejorar». La vocación fue creciendo al ritmo de los descubrimientos, sin una revelación súbita.
Aprender a decir algo
Primero fueron las piezas sencillas; luego, las dificultades que procedía vencer. Escuchar a otros intérpretes, conocer distintas maneras de tocar y participar en conciertos o concursos fueron ensanchando sus expectativas. Así, el estudio dejó de consistir únicamente en aprender notas y empezó a preguntarse qué quería transmitir y cómo podía encontrar una manera propia y singular de hacerlo.
En ese proceso hubo muchas horas de trabajo, pero también una satisfacción precisa y permanente: conseguir interpretar una obra que antes parecía fuera de su alcance generaba en él una íntima satisfacción difícil de imaginar por quien no la ha experimentado jamás. Los avances fueron alimentando sus ganas de seguir. De aquella curiosidad surgieron años de formación, encuentros con grandes músicos, viajes y aprendizaje con intérpretes de distintos países, hasta que la actividad concertística y la enseñanza se convirtieron en profesión.
Daniel distingue entre lo que es disfrutar de una afición y decidir qué hacer con ella. Reconoce el impulso de su padre, pero no presenta su carrera como una simple prolongación de la trayectoria familiar. La herencia familiar pasó por sus propias decisiones y por una búsqueda que nadie podía resolver en su lugar. Con el tiempo ha aprendido a valorar esa herencia sin confundirla con una obligación.

Saber cuándo parar
Actualmente, el gimnasio ocupa una parte de su tiempo libre, aunque no lo entiende como una competición ni como una exigencia que deba cumplir a cualquier precio. Le sirve para mantenerse activo y sentirse mejor. En su caso, la práctica del acordeón supone un esfuerzo físico al que se suman los ensayos, la concentración y los desplazamientos durante las temporadas de conciertos.
«La preparación no termina cuando empieza el concierto: el descanso, el cuidado personal y la recuperación también forman parte del trabajo, aunque no sean visibles sobre el escenario». Esa convicción le lleva a adaptar la intensidad del ejercicio a las circunstancias. Tras varias horas de carretera y actuaciones, que en no pocas ocasiones terminan tarde, dormir puede ser más conveniente que entrenar. «No todas las jornadas permiten pedirle lo mismo al cuerpo».
Su objetivo es llegar con energía para disfrutar de la interpretación y ofrecer al público lo que ha preparado. El esfuerzo no se mide solo por lo que consigue aguantar: exige reconocer cuándo conviene recuperar fuerzas.
Otra forma de conducir
Su afición al motor incluye el gusto por conocer los vehículos, cuidarlos y conducirlos. Es un entretenimiento distinto de la música, con el que puede despejarse sin seguir pendiente de una partitura. Las motos lo acompañaron durante años, pero su relación con ellas fue cambiando: la velocidad y la adrenalina perdieron peso frente a las responsabilidades. También empezó a entender mejor las advertencias paternas sobre el peligro.

Tras la venta encontró una alternativa en un buggy. Con él disfruta del campo y de la conducción, y personalmente se siente más cómodo y seguro. Tampoco la vive como una despedida de algo que le apasionaba, sino como una adaptación que le permite conservar la afición y, más aún, su pasión.
Sin hablar de conciertos
La familia y los amigos más cercanos de Daniel no se dedican a la música profesional. Él agradece esa distancia. Cuando se reúne con ellos, casi nunca hablan de ensayos ni de compromisos laborales: tienen sus asuntos, se ríen y hacen planes. No necesita prolongar la jornada explicando lo que ocurre en el escenario.
«Cuando estoy trabajando soy músico; cuando estoy con ellos simplemente soy yo». La frase no resta importancia a su profesión; señala el lugar que reserva a unas relaciones que no dependen de cómo haya salido una actuación. En ese entorno puede dejar de atender las demandas del oficio y participar en conversaciones donde el trabajo no es el centro.
No busca llenar cada rato libre con una actividad útil para su carrera. También quiere estar con los suyos sin otro propósito que compartir el tiempo. Lo explica con una distinción sencilla: «La música forma una parte fundamental de quién soy, pero no es lo único que soy». Hay una intimidad que prefiere conservar sin repertorio, sin horarios de ensayo y sin la necesidad de demostrar nada. Es su propia intimidad; su propio y espectacular yo.
Daniel Pérez Huelves (Cuenca, 1988) es acordeonista y profesor de acordeón. Se formó en el conservatorio de Cuenca con Carmen Aguilar e Isabelo Garrido, y en el Conservatorio Superior de Aragón con Ángel Luis Castaño. Ha ampliado estudios con intérpretes y compositores como Friedrich Lips, Mika Väyrynen, David del Puerto, César Camarero, Philippe Imbert, Víctor Hugo Villena y Gustavo Beytelmann. Becado por Ibercaja, ha obtenido el Primer Premio en las ediciones 52.ª y 53.ª del Certamen Nacional de Acordeón y fue finalista senior del 60º Trofeo Mundial de Acordeón. Compagina los conciertos con la docencia en la Escuela Municipal de Música y Artes Escénicas de Cuenca. Es fundador y director de la Orquesta de Acordeones Ciudad de Cuenca.
Daniel Pérez Huelves AÑEJAS SONADAS OLCADES

13/10/2026