Tomar por tonto canicas artículos prensa

Soy fiel a la creación española. Me interesan especialmente nuestra literatura, pintura, música, arquitectura, los artistas jóvenes que empiezan a despuntar. No es patriotismo de pancarta, sino inclinación natural hacia una lengua, tradiciones y miradas compartidas desde siempre, sentidas íntimamente y vividas como miembro de mi cultura. Por eso me duele que el cine español, capaz de dar a luz obras magníficas y de creadores indiscutibles, me produzca, con cierta frecuencia, una prevención difícil de evitar.

No me molestan las películas con ideas: los grandes filmes las tienen; no hay arte vivo sin una visión del mundo implícita a él. Me cabrea, sin embargo, que me tomen por tonto. Me enfada que algunos guiones parezcan escritos desde la certeza de que el espectador carece de criterio y necesita que le señalen, con luces cegadoras, a quién debe proteger, qué debe detestar y cuál es la emoción correcta que adoptar ante cada asunto. En esos casos, los personajes dejan de ser personas y se convierten en fichas de una partida a resolver que cuenta con la ventaja de que la otra parte, sentada en la oscuridad de la sala, no podrá mover ficha. Para algunos realizadores, unos encarnan todos los males, otros disfrutan de una inocencia plena y la complejidad o encuentro de ambas posiciones —debería ser el territorio natural del arte— queda desterrada de raíz.

Me cabrea, aún más, que ese intento de adoctrinamiento llegue tantas veces protegido por solventes ayudas públicas. El ciudadano contribuye a financiar una obra que, después, le empuja a abdicar de su inteligencia y criterio cuando se sienta en su butaca. Pagas antes, pagas después y, en ocasiones, hasta pagas también por recibir una lección tramposa envuelta en primeros planos, música y caras conocidas. No salgo enfadado porque una película piense distinto de mí, sino porque pretende pensar por mí y por haber sido yo tan tonto de caer en esa trampa que busca capturar tontos útiles, pero tontos que, al fin y al cabo, pagan la cuenta de los langostinos ajenos. No me extraña que cada vez sean más los que cuando oyen hablar de cine español, de determinado cine español, prefieran irse de cañas o a pasear a la luz de la luna; la luna al menos no pretende manipular.

LA TRIBUNA DE CUENCA