El ¿último? espectador canicas artículos prensa

La primera vez que me encontré solo en una sala de cine pensé que era un privilegiado. «Un pase privado», me dije, con arrogancia propia de emperador romano o autócrata contemporáneo. Cuando la película empezó, y el eco de los diálogos empezó a rebotar en las butacas vacías, comprendí que no era un lujo, sino una penitencia. Nadie tosía, nadie se levantaba, nadie hablaba y menos a deshora. Ni siquiera hubo a quién evitar en las escaleras. El silencio fue pulcro, aterrador, como si el proyector estuviera emitiendo la última función antes del apocalipsis. Confieso que miré hacia atrás no fuese que un ente fantasmal me pusiera la mano en el hombro y me susurrase: «Estas solo».

El problema no es que el público huya del cine, sino que parece haberse disuelto en su propio sofá. Las plataformas televisivas han logrado algo patético: convertir el séptimo arte en un ruido de fondo para doblar calcetines o contestar mensajes con el móvil. Mientras, las salas, esas catedrales oscuras del fotograma y la emoción compartida, agonizan entre butacas lujosísimas y carteles de superhéroes. A mí me duele por ellos: por los taquilleros con sonrisa disciplinada, por el proyeccionista —bueno, estos creo que desaparecieron hace años— que quizás aún ajusta el foco como si afinara un violín, por los dueños de los cines que sobreviven a base de nostalgia y aire acondicionado y por los vendedores de chuches, regalices y refrescos. Sin embargo, sigo yendo. Y cada vez más. 

Pero cuando voy caigo en la misma trampa: las palomitas. Fue una de mis hijas la que me enseñó a no concebir el cine sin ese mar de maíz inflado y un refresco de proporciones olímpicas. Ella, con el tiempo, maduró y abandonó la costumbre; yo, en cambio, una vez afianzado mi infantilismo, la he hecho mía con fervor religioso. Nada acompaña mejor una escena dramática, o cómica, o patética… que un puñado de azúcar —sí, las que me gustan son las dulces, las de colorines— pringándote los dedos. Por eso, cuando el cine desaparezca, sospecho que me encontrarán en una sala, solo, con mi cubo de palomitas, bebiendo un refresco helado, esperando los créditos finales del mundo, aunque disfrutando de una de las manifestaciones del arte más maravillosa que conozco.

LA TRIBUNA DE CUENCA