Therian… y sin complejos canicas artículos prensa

El viernes entraba al aula con la serenidad habitual de un búfalo cansado cuando Irene, una de mis alumnas más inquietas y provocadoras, habitual emisaria oficial de los memes de internet, se me plantó delante agitando su tableta como quien enseña un nuevo dogma de fe. «Profe, ¿sabes lo que son los therians?», me preguntó con ese tonillo suyo que mezcla curiosidad, sorpresa y desafío generacional. Confieso que, hasta ese instante, mi espíritu animal dormitaba en paz. Al oírla hablar de personas que se identifican con animales, algo salvaje rugió dentro de mí. ¡Eureka! ¡Por fin había un nombre para mis rarezas! Años de comportarme como un oso panda a medio cocer y una lagartija sin cola tenían, al fin, legitimidad social. Me sentí validado, empoderado, antropológicamente reconciliado conmigo mismo.

Y eso que ya había tenido indicios: mi capacidad para dormir en postura contemplativa, mi alergia instintiva al trabajo —ciertamente ajeno— improductivo, mi habilidad para quedarme inmóvil al detectar cualquier sindicalista o político al uso… ¡Eran señales clarísimas! El martes supe que no soy un ser disperso: soy therian. Heredero de una noble línea de criaturas que siguen su instinto, aunque el instinto los lleve directos al sofá. Me uno desde aquí a esa causa heroica. Propongo declarar patrimonio cultural la siesta felina, la mirada bovina de lunes y el vuelo buitrero del docente que huye de las reuniones cansinas y yermas. ¡Reconozcamos nuestros derechos naturales antes de que llegue alguien y los convierta en acción opcional!

Al terminar mi encendido manifiesto, noté un silencio desconcertante en el aula. Algunos alumnos respiraban con la emoción de quien presencia, sonriente, un despertar espiritual; otros, con el desconcierto de quien contempla una crisis nerviosa en directo. Irene me miró divertida y me dijo: «Profe, ¿de verdad te identificas con un oso panda o me estás tomando el pelo?» Y yo, con la solemnidad que da saberse pionero de una especie en peligro burocrático, respondí: «Sí, Irene. Y si todo sigue así, el próximo trimestre pienso solicitar un hábitat protegido lejos, muy lejos, de secretaría y de jefatura de estudios». Irene sonrió, me amenazó con darme con su tableta en la cabeza… y comenzó la clase.

LA TRIBUNA DE CUENCA