Isaac Mena Guijarro (1907-1950) AÑEJAS SONADAS OLCADES 1
Isaac Mena (1907-1950) alentó el espíritu almacheño a través de sus composiciones

La voz de La Almarcha

Isaac Mena Guijarro sigue vivo en la memoria de La Almarcha como ese creador humilde, sensible y profundamente unido a su tierra que llegó a ser. Fue labrador, sacristán, auxiliar del ayuntamiento y, sobre todo, un hombre afectivo que entendió a su propio pueblo desde dentro. Así, profundizó en su trabajo, ahondó en sus costumbres, se vio atrapado por el humor de sus paisanos, se ilusionó con su fe y se embriagó por su manera de resistir el paso del tiempo.

Un hombre de pueblo

Nacido en La Almarcha el 11 de abril de 1907, fallecería allí mismo el 2 de septiembre de 1950, después de una breve pero fecunda vida. De joven estudió tres años en la Orden Cisterciense de Getafe, donde aprendió música. Sin embargo, el destino lo devolvería pronto a su pueblo natal. A partir de ahí, su vida se mezcló con la de sus vecinos y con la de una España rural marcada por el esfuerzo, la escasez y la dignidad del trabajo. En ese mundo, Isaac jamás miró desde fuera; optó siempre por cantar desde lo más hondo del sentir popular.

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Opúsculo breve recientemente publicado sobre su vida y obra.

La música como refugio

Su afición por el teatro y la zarzuela lo llevaría a crear un grupo artístico local que animó la vida cultural del pueblo en tiempos en los que no había televisión y la prensa apenas llegaba. Tal agrupación estrenó obras suyas como Las escardaderas, Las esparragueras, La canción del labrador o Las caracoleras, siempre con la mirada atenta a la vida cotidiana que le rodeó y que casi le hechizó. En su creación hay oficio, ingenio y una capacidad muy poco común para volver poesía lo más humilde, eso mismo que a otros genera traumas, dolor y rencor. También hubo una certeza íntima a la que llegó: la cultura no es adorno, es compañía y cobijo.

La Almarcha cantada

Isaac consiguió convertir tareas del campo y escenas de vecinos en arte. Las escardaderas recoge el trabajo duro de las mujeres que limpiaban sembrados; La canción del labrador, por su parte, ensalza con ternura y respeto la dignidad del campesino. En una de esas piezas se escucha con claridad su voz más íntima de observador atento: «No hay en el mundo un oficio más digno que el de labrador». Esa frase resumirá no solo una canción, sino una ética: mirar al trabajo con gratitud y al trabajador con afecto y reconocimiento.

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Las esparragueras han pasado a la historia como un himno almarcheño.

Las esparragueras

En esta pieza reside el corazón más palpitante de su legado. Las esparragueras nace a modo de zarzuelilla, pero el pueblo pronto la adopta hasta convertirla en una especie de himno local, especialmente en las estrofas que se repiten una y otra vez en la memoria colectiva. Se trata, sin duda, de la obra más reconocida y perdurable de Mena Guijarro, habiendo llegado a convertirse en la canción por excelencia de los almarcheños. La fuerza popular que genera en ellos no surge por casualidad; en sus versos hay humor, identidad, paisaje, memoria y un enorme sentido de pertenencia.

La pieza habla de esparragueras, de caminos, de parajes concretos y de la vida compartida alrededor del campo y de san Bartolomé. Por eso no suena a creación encorsetada en pliegos al uso, sino a algo que respira a la par con el pueblo que la canta. El testimonio de Miguel Salas Parrilla —Salas Parrilla, M. (2022). Memoria histórica de La Almarcha. La Guerra Civil. La posterior represión franquista. Cuenca—, quien en su libro alude a Isaac Mena, ayuda a situarlo en una tradición de memoria local que no lo deja caer en el olvido. Y es precisamente en esa misma línea en la que ahonda la breve pero decisiva publicación de Salas y Cabañas —Salas Parrilla, M. & Cabañas Alamán, F. J. (2026). Las canciones de Isaac Mena. Cuenca—, al rescatar definitivamente la esencia primera y la partitura de una canción que, alejada definitivamente de la pluma e ingenio que la crearon, ya es patrimonio de los almacheños.

Un retrato sensible

Más allá de la biografía de Mena Guijarro, lo que permanece en él es su manera de mirar. Isaac es «un hombre abierto y comunicativo», señala Salas, pero también un observador fino de la realidad afectiva y social que lo rodea. En El peligro de un beso ya pondrá de manifiesto una sensibilidad poco frecuente, capaz de tratar el deseo, la prudencia y la relación entre hombres y mujeres con gracia y verdad. Hay en él una ternura que no empalaga y una inteligencia que no presume, pero que sin embargo atrapa.

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En Vellisca, donde fue sacristán, tocaba el violín.

Legado vivo

Su obra nació en un tiempo duro, de penurias y cambios, pero consiguió iluminar la vida sencilla con música y humanidad. Hoy su recuerdo no pertenece solo a una nostalgia local: se encuentra anclada en la más sólida historia cultural de un pueblo que se reconoce en sus versos y melodías. Isaac Mena hoy sigue siendo, sobre todo, eso: un hombre que amó su tierra hasta convertirla en canción.

LA TRIBUNA DE CUENCA