Faltaban escasos minutos para la medianoche; era junio de 2022. Paseaba y sonó mi teléfono. Unos alumnos me indicaban que en ese momento salían de ver un musical que yo no podía perderme. Fiel a mí mismo, en lo que a asistencia a espectáculos escénicos se refiere, les dije que, si ellos me lo recomendaban, casi seguro que asistiría. Insistentes, me informaron de que la última representación tendría lugar el día siguiente y, encima, me dijeron que ya me habían conseguido una invitación. En ese momento me agobié un poco pues ya tenía entrada para otro espectáculo que tendría lugar también la tarde siguiente. Afortunadamente los horarios no coincidían y si me organizaba podría ir a ambos.

Con la lengua fuera llegue a tiempo. Al entrar vi que la sala estaba a rebosar y me dirigí a mi butaca, esa que, según la taquillera, había sido vendida la noche anterior a dos veinteañeros que le habían insistido en que la necesitaban. Sin saber bien qué iba a ver, aunque tampoco me importaba demasiado, descubrí la presencia en el público de infinidad de parejas de todo tipo y condición, además de grupos numerosos de amigos. Comenzó el espectáculo: Una luz tímida, un intimista y singular musical de pequeño formato. En él participaban 4 chicas (2 músicas y 2 actrices), todas en escena, que pronto hizo vibrar al público, ese que según iba avanzando la obra consolidó su atención e implicación en un espectáculo cargado de dolor, incomprensión, fragilidad, amor, ilusión y amargura. El final trajo un mar de lágrimas generalizado en un público plenamente puesto en pie que ovacionó a las intérpretes y sin complejos. En ese momento me prometí volver a disfrutar, y también sufrir, con ese espectáculo cada vez que fuese programado. Anoche volví por tercera vez en menos de 2 años, en esta ocasión con un grupo al completo de alumnos, tras su propuesta de ir juntos. La reacción fue idéntica a la ya vivida antes. Se me caía el alma al suelo viendo cómo sus almas sensibles, así como las del 99 % del público, alejadas de rarezas y rancias convicciones, no podían ni querían huir de la emoción provocada por una historia que un día fue tristemente real. 

Consejos: 1º. Si alguna vez tienes la fortuna de ver programada esta obra, no dejes de asistir. 2º. Si tu sensibilidad, prejuicios sociales y necesidad de tocar narices ajenas son férreos, mejor vete de cañas.

LA TRIBUNA DE CUENCA